Las lecciones que aprendieron entre el barro ya no son nada, son desconocidos, amantes, y se observan con calma entre las brumas de la ciudad de las sombras, un Santiago crepuscular que acoge las miradas furtivas de los que quieren rozarse y no pueden.
Ella camina agarrada del brazo de su hombre, del ser violento y posesivo al que en un error motivado por sabe Dios qué se unió. El tacto de su mano es áspero, la presa que ejerce sobre su cutis, fuerte, y ella quiere escapar pero no puede.
Esa es la coyuntura, y el semáforo no se pone en verde, al otro lado está ese desconocido que la mira a los ojos, y que parece leer más allá de la razón, que la mira con pesar, y con desprecio al que la envuelve en su jaula. Es una mirada que la transporta a un lugar indefinido, pero más agradable que las calles que envuelve el Sol descendiendo sobre Galicia.
Comienza a caminar ese chico, con la vista puesta en sus ojos, antes de que la luz verde se encienda, un coche casi lo atropella, pero él ni se fija, solo sigue caminando, y cuando el que la acompaña hace caso a la señal luminosa y ella también comienza a andar, intenta pasar todo lo cerca que puede al brazo de su desconocido amante, del confesor que con un guiño hace brillar el crepúsculo.
Se rozan, como si todo fuese un accidente, y nota ella como tiembla el brazo que la acaricia por solo un instante, es el temblor de los que podrían haberse hecho felices, pero solo tuvieron unos segundos para recordarse hast que, tal vez, el destino o la diosa Fortuna haga que se encuentren de nuevo, tal vez sin la esclavitud que conformismo, convención, tienden sobre los que las respetan.
Cuando mira atrás, él ya cruzó una esquina, pero sabe que a través de los muros, la está observando, pensando en ella hasta que el tiempo o el azar conviertan eseencuentro vacío en polvo o vida.
Estáis ante un pequeño rincón que trata de ser literario, aunque a día de hoy sea difícil trazar la línea entre la basura y la literatura, es vuestro el deber de juzgar
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lunes, 22 de agosto de 2011
martes, 19 de julio de 2011
Rojo en la luciérnaga. 4ª
10:00 Domingo
La primera reacción del hombre que se encontraba delante de mí fue un gesto de absoluto cansancio y tedio, los ojos entrecerrados como si acabase de despertarse y estuviese sufriendo una tortura al tener que ver la luz del día. Pero no iba a permitir que la lastima por haber interrumpido su sueño me privase de conseguir la información que necesitaba.
-Disculpe las molestias, pero usted estaba anteayer en La Góndola, ¿verdad?
A medida que iba avanzando en mis palabras, su rostro se torcía en una mueca desagradable, parecía que no quería vivir ese momento, y en cuanto terminé de hablar, con un movimiento brusco, intentó cerrar la puerta en mis narices. Por desgracia para él, mis nervios estaban de punta, y los reflejos de un hombre somnoliento y los de uno que está en constante tensión no son los mismos.
-Quieto, solo quiero hablar-exclamé mientras empujaba la puerta con el hombro y me lanzaba dentro de la habitación.
El hombre, Lao-Tse o como se llamase, miró dentro de la habitación en busca de algo, saltó rápido sobre su cama y trató de alcanzar el flexo que se encontraba sobre la mesilla de noche. Esfuerzo inútil, en cuanto leí sus intenciones, me arrojé como si llevase jugando al fútbol americano toda la vida. Aplasté su cara contra el colchón y le repetí que solo quería hablar, nada más, mis intenciones eran buenas y lo único que necesitaba era la cooperación de un estúpido como él.
Tal vez perdí un poco los nervios.
-Vale, vale, lo siento-tenía un acento peculiar, pero no parecía asiático, era más bien cercano a algún país de Europa del este.
Aflojé un poco mi presa y deje que se sentase sobre la cama, agarrando sus brazos en la espalda, incapacitándole para cualquier movimiento que pudiese complicarme las cosas. No podía permitir que escapase, y aunque ahora me da algo de vergüenza admitirlo, estaba tan furioso que deseaba hacerle daño a alguien.
-Ahora me vas a explicar por qué nos vigilabas, me vas a explicar lo que sabes sobre el asesinato de mi padre.
En ese momento dio un respingo, la sorpresa por lo que acababa de decir fue grande.
-¿Asesinato?, no sé nada de un asesinato, por favor no me hagas daño-en cuanto asesinato apareció en la conversación, sus nervios se fueron totalmente al limbo, y quedó un gimoteante hombre que se arrastraba entre las sábanas suplicando que no le hiciese daño.
-No te voy a hacer daño, solo dime por qué nos observabas.
Le solté, pensando que probablemente fuese inofensivo, y en cuanto vio la oportunidad, se lanzó sobre mi, intentando derribarme. Me desestabilizó y casi me hizo caer, pero en el momento mismo en que recobré mi equilibrio, teniendo agarrado al hombre por la nuca justo delante de mí, agarré mi ejemplar de Las flores del mal y le golpeé en la cabeza con todas mis fuerzas.
Definitivamente, este asunto me está volviendo loco, pero se lo merecía, intentaba escapar cuando podría revelarme datos sobre un negocio importante, sobre un asunto que había llevado a un lugarteniente de la Guardia Civil a morir de una forma inusitadamente cruel.
En cuanto recibió el impacto de dejó caer al suelo, boca abajo. Le di la vuelta con el pie, con desprecio, y volví a ordenarle que comenzase a revelar toda la información de la que disponía, pero en este caso añadí que las cosas, de no colaborar, se iban a poner muy feas.
-Vale, vale, no sé casi nada, lo juro-miraba hacia mí d reojo, estaba realmente aterrorizado, parecía que las lágrimas estaban a punto de saltar en todo momento de sus ojos-, estaba esperando en la puerta del local, antes de entrar, quería fumar un cigarro al aire libre antes de encerrarme, y entonces vi a ese hombre hablar con otro, entre las sombras, parecían no querer que nadie les escuchase.
-¿Cómo era el otro hombre? ¿Dijo su nombre?-estaba impaciente.
-No, no lo dijo, de verdad, pero era alto, muy alto, con el pelo rubio y largo, apenas le veía la cara porque la noche era muy oscura y ellos estaba muy bien escondidos.
-De acuerdo, y qué fue lo que escuchaste, dímelo.
-Escuché que la entrega se iba a realizar en lo alto del mirador, como siempre, escuché que sería ayer donde Robinson Crusoe encontraría su tesoro. Sé que suena absurdo, pero me pareció muy divertido, muy emocionante, es por eso que después espiaba los movimientos del hombre en La Góndola.
-Más te vale decirme todo lo que sabes-mientras pronunciaba estas palabras, le amenacé con el libro.
-Vale, vale, dijeron que el martes habría otro envío, y ahí pareció que el hombre bajo, el que murió, se enfadaba y decía que no sería prudente volver a actuar tan rápido.
Y ahí estaba un probable móvil de asesinato, ahí estaba lo que podía dar nuevo aire a mi búsqueda de información. Salí rápido de la habitación con una disculpa por bandera. Eran daños colaterales, me había pasado, pero las circunstancias así lo requería. Maldita sea, lo cierto es que me siento culpable. Me siento culpable, y siento que necesito hablar con alguien, Andrea sigue desaparecida, no tengo forma de localizar a ningún familiar suyo, su móvil está totalmente inactivo...
-¿Aurora?-le dije, en cuanto ella respondió al teléfono.
-Dime.
-Creo que voy a necesitar tu ayuda, podrías verme esta noche y te explico algo que debo hacer para esclarecer las circunstancias de la muerte de mi padre.
-Pásate a la salida del trabajo, ya hablaremos-parecía nerviosa.
-Así lo haré, gracias, y si después de que te lo explique no quieres participar de ello, lo entenderé.
Colgamos sin decirnos nada más, tal vez no estaba preparada para que le pidiese ayuda en un caso así, tal vez estoy exigiendo demasiado a alguien que en realidad no podría hacer nada mejor que mantenerse al margen y no salir salpicada de los acontecimientos que están teniendo lugar en estpos días salidos del infierno.
Da igual, da igual, lo único cierto, es que esta noche podremos inspeccionar el lugar al que Robinson Crusoe debe ir en busca de su tesoro, lo cierto es que en pocas horas, tal vez la identidad del asesino haya salido a la luz...en conjunto con la certeza de que mi padre participaba en una operación de tráfico de drogas. Ojalá todo se aclare, y para bien, tengo que recordar...
lunes, 4 de julio de 2011
Rojo en la luciérnaga. 3ª
09:00 Domingo
Apenas he dormido esta noche, y aunque no estoy fresco no tengo sueño, es como si una ansiedad, una urgencia extraordinarias, se hubiesen apoderado de mí. Andrea, sin señales. Y quería ir a ese motel temprano, no se me puede escapar el hombre de rasgos asiáticos, y en caso de que se hospede allí, debo ir temprano y cogerlo cuando no se lo espere.
A modo de acto simbólico, y sabiendo lo que leía anteayer, cogí antes de salir de casa una copia de Las flores del mal con tapa dura y letra grande, un objeto contundente que podría resultarme de gran utilidad, como excusa y como defensa. Si se trataba de un simple turista, podría argumentar que lo había visto leyendo, y que como no conozco a muchos conocedores de la poesía simbolista, deseaba debatir con él, si no suponía molestias, claro.
Monté en el coche y puse rumbo hacia Carnota, antes me acerqué por el portal de Andrea, y pude contemplar acercando la cara al cristal que su buzón no había sido vaciado. No me había parado a pensar en ello, pero me resulta extraño no tener llaves de su casa, nuestra relación es muy seria, llevamos mucho tiempo juntos, pero ni vivimos juntos ni nunca nos planteamos hacerlo. En estoos momentos no sé lo que le puede haber ocurrido, y no imagino cómo soportar que le pueda haber pasado algo, tal vez por mi culpa, por mi relación con el crimen...Si esa sonrisa suya desaparece por mi culpa, no seré capaz de perdonármelo.
La carretera está muy despejada, domingo por la mañana, supongo que es suficiente explicación. No me lleva ni media hora acercarme hasta Carnota, y la figura del motel se alza imponente. Aunque tenía todo muy claro cuando salí de casa, a medida que se acerca el momento de preguntar por mi sospechoso, la idea me va pareciendo más y más absurda, solo se trata de un hombre que leía cerca de mi padre y de mí en un bar de la costa coruñesa.
El aparcamiento estaba bastante vacío, apenas cuatro o cinco coches de baja gama lo ocupaban, y decido aparcarlo en la esquina más apartada de la puerta, ya que no me gustaría que nadie pudiese reconocer mi vehículo, localizarme, tengo que andar con pies de plomo.
La recepción del motel es aséptica, nada destacable, muebles funcionales, y un hombre de mediana edad regentándola con cara de profundo tedio, una televisión escondida tras el mostrador para ayudarle a pasar las horas muertas, que no debían ser pocas. Cuando me vio entrar reaccionó, cambió la cara, como si acabase de despertar de un largo sueño, y sonrío en un esfuerzo casi inhumano, torciéndosele la sonrisa en el mismo momento en que le dije que debía preguntarle por uno de sus inquilinos.
-No recuerdo su nombre, ya que no hemos tenido mucho contacto, hemos quedado aquí para debatir sobre un autor francés, tal vez le haya visto ir y venir con un libro como este en la mano-le enseñé mi copia.
-Lo siento, pero no puedo decirle nada, dar información sobre los clientes está prohibido, así que lo mejor será que contacte con él y le pregunte el número de habitación en el que se aloja.
-Lo haría, pero nos comunicamos por carta y bajo pseudónimo, es una forma de darle más encanto al debate literario.
Intenté por todos los medios que no se notase mi nerviosismo, pero supongo que estaba lo suficientemente acostumbrado a ese tipo de situaciones, en que alguien buscaba a uno de sus inquilinos, como para darse cuenta de mi situación. Cambia posible asesino por posible cónyuge infiel, y será el pan de cada día para un hombre como él. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea.
-Puede que esté registrado a nombre de Charles Baudelaire-era solo una teoría, pero como mínimo, tendría que abrir el registro, y con un poco de suerte podría saber qué habitaciones estaban ocupadas en ese momento.
-Lo comprobaré, si se equivoca, le ruego deje de molestarme y se marche, tal vez pueda concertar una cita con ese hombre en otro momento, tal vez se haya equivocado y ni se aloje aquí-no tenía el hombre ninguna intención de dejarme pasar.
En cuanto sacó el registró pude comprobar que apenas había una decena de habitaciones ocupadas en ese momento. Es difícil describir lo que sentí al descubrir que una de ellas estaba reservada bajo un nombre que me resultó reconocible, Lao-Tse. Apenas pude reprimir la carcajada ante la xenofobia de la que hacía gala el mundo. Un hombre de rasgos ligeramente achinados puede utilizar con credibilidad el nombre de un filósofo chino de la antigüedad, sorprendente.
-Lo siento, pero me temo que no tenemos ningún Charles Baudelaire alojado aquí en este momento-suspiró con suficiencia, como si se conformase lo que llevaba tiempo advirtiéndome-, por cierto, ese nombre, ¿de qué me suena? Es el guionista de esa peli de Jim Carrey, Olvídate de mí, ¿verdad?
-Creo que sí-respondí, deseando salir de allí cuanto antes-, ha sido un placer, muchas gracias por todo.
Tenía su número de habitación y sabía que la llave no estaba en recepción, con lo que lo más probable era que estuviese con él, en la habitación, tal vez descansando las últimas horas antes de emprender la huida y no volver a dar noticias después de haber asesinado a un lugarteniente de la Guardia Civil.
La puerta de su habitación estaba por la parte de atrás del motel, la privacidad, asegurada, pasé agachado por debajo de la ventana, cualquier riesgo que pudiese evitar sería mejor. Cuando llamé a la puerta, el corazón me latía a una velocidad de vértigo, no sabía lo que podría encontrarme. Con el libro en la mano, esperé agachado para que no me pudiese ver por la mirilla, y en cuanto escuché movimiento, y el crujido de la puerta al abrirse me enderecé y esperé a que esa cabeza rapada, esos rasgos asiáticos, aparecieran.
viernes, 1 de julio de 2011
Rojo en la luciérnaga. 2ª.
2:00 Domingo
Son las 6 de la madrugada, y aunque acabo de llegar a casa y estoy metido en cama, creo que no podré pegar ojo. Las cosas empiezan a retorcerse, Andrea no aparece, tiene el móvil apagado, y mi conversación con Aurora solo...me preocupa. Hay muchas cosas que no encajan, aunque lo mejor es que intente registrar las cosas tal y como ocurrieron, tengo que intentar que este diario no se convierta en un muro de las lamentaciones, solo debo registrar datos, ya que empiezo a temer que, si profundizo en los hechos de la noche de ayer, esto pasen de ser las notas de una investigación a la memoria de mis últimas horas de vida. Pero no puedo parar, en este momento, se trata ya de un asunto vital.
Mi padre, Francisco, fue hallado colgando del faro, y según parece llevaba encima, aparte de un teléfono mojado del que la policía trata de recuperar el registro de llamadas, un paquete con más de un kg de cocaína. Parece que se trata de un asunto de drogas, o al menos es lo que trataban de investigar los agentes en La Góndola.
Después de ducharme y echar una cabezada, me dirigí a O Ézaro con el objetivo de informarme y tratar de descubrir lo que la camarera sabía. No me hizo falta esperar mucho en el aparcamiento del pub hasta que Aurora salió, y en cuanto vio que me bajaba del coche se acercó a mí con cara de circunstancias.
-Creo que deberíamos hablar-dijo.
La invité a dar un paseo por la playa mientras me contaba lo que sabía, ya que allí estaríamos solos y tranquilos, sin oídos espías que pudiesen enterarse de datos que no deben conocer. Ella aceptó encantada, parecía nerviosa, como si algo en todo ese asunto estuviese fuera de control. No me había fijado antes en su aspecto, y la verdad es que es de lo más agradable. Tiene el pelo corto, moreno, los rasgos muy dulces, es como una niña, pero sus ojos no muestran inocencia o candidez, sino preocupación, nerviosismo entre el azul de los iris, entre el negro de las pupilas.
Lo primero que le pregunté es si recordaba haberme visto allí el día anterior, con mi padre, a lo que respondió que si, que evidentemente recordaba haberme visto, sino se habría negado a hablar conmigo. Definitivamente, me encuentro entre los sospechosos. Pero según le dijeron el hombre y la mujer que llevaban la investigación, no existen pruebas que puedan ayudar a condenarme, solo indicios.
-Así que os dieron información sobre la investigación-pregunté.
Ella me explicó exactamente los datos que les habían facilitado, mi padre había muerto probablemente a las 6 de la madrugada del día anterior, lo que le daba un margen de tiempo enorme para actuar después de haberse separado de mí. Le habían enseñado una fotografía del cadáver, a ella y a toda la plantilla de La Góndola, y según me contó, a diferencia de lo que en un principio habían creído, no estaba enganchado a cierta altura del faro, había sido arrojado desde la parte más alta, atado su cuello con un hilo de acero muy fino, muy difícil de ver en primera instancia, pero que cuando llevaron a cabo un registro del lugar se mostró claramente.
La causa de la muerte, mi padre se rompió el cuello en la caída, y al estar sujeto por un hilo fino, se había cortado el cuello, con lo que la escena, al parecer, era sangrienta. Dante estaría orgulloso, y para las fuerzas del orden es evidente que la muerte de Francisco no es sino una señal de aviso para alguien. Es la forma de la muerte, el arma homicida, lo que los incita a dudar de mi culpabilidad, les parece que semejante grado de violencia y planificación no encaja con un hijo matando a su padre. Me entraron arcadas solo de pensar que alguien me creyese capaz de semejante crueldad.
-Supongo que si estás aquí, Aurora, es porque no crees que lo haya matado...pero lo cierto es que apenas recuerdo lo que hice anoche.
Entonces ella me explicó lo que había visto, mi padre y yo discutimos, según parece, yo le decía que no podía hacer algo así, menos en solitario, que necesitaba compañía, era una investigación importante. Apenas captó más de la conversación, mi confidente, pero interesada por lo acalorado de nuestra charla, se fijó en las reacciones de mi padre cuando yo fui al baño, y a parte de mirar constantemente a su alrededor, como si buscase a alguien entre la multitud, le pareció que hacía algo con mi copa.
Tal vez mi padre fuese el que provocó que mi noche esté tan borrosa, tal vez no quería hacerme partícipe de lo que ocurriría esa noche, tengo la esperanza de que fuese una forma de protegerme, no de esconderse de mí. Lo cierto es que, sea por esperanza o por lógica, empiezo a pensar que mi padre sabía que iba a morir anoche, y eso me hace sentir todavía más la necesidad de desvelar la auténtica historia de su fallecimiento.
-¿Hubo algún cliente al que mi padre observase con especial celo?-podría encontrar entre ellos a algún espía, a alguien que supiese más de lo que había ocurrido esa noche.
Por desgracia, Aurora apenas recordaba algunos rasgos de un hombre sospechoso sentado a pocas mesas de distancia de mi padre y de mí, un hombre que se escondía detrás de Las flores del mal de Baudelaire, y que sonreía para sí mismo con cada subida de tono en mi discusión con Fran. Ese hombre tenía el pelo rapado, sonrisa felina, los ojos ligeramente rasgados, tal vez signo de ascendencia oriental, o tal vez solo unos rasgos ligeramente fuera de lo común. Por si acaso, y ya que el hombre no parecía ser, ni mucho menos, un nativo de la zona, decidí que acudiría al motel de Carnota a preguntar por algún hombre con sus características. Es el lugar más discreto en el que alojarse por la zona, y eso le situaría un refugio a unos poco km del lugar en que fue hallado mi padre.
Mi mente empieza a funcionar mejor, siento que el dolor está aparcado en algún lugar, que no tengo derecho a sentirlo hasta que haya cumplido mi último favor a la memoria de mi padre, el favor de hacer saber al mundo cómo muere un miembro de las fuerzas del orden, tal vez el orgullo de saber que murió combatiendo algún tipo de crimen. Espero no equivocarme, espero que no fuese un negocio relacionado con la cocaína lo que lo mató.
Me despedí de Aurora con su número de teléfono anotado, con lágrimas en sus ojos y pugnando por salir de los míos, me conmovió su forma de sufrir por mi pérdida, y su promesa de ayudarme en la medida de lo posible me alegró, aunque con qué cara le pediré ayuda con algo tan serio cuando apenas nos conocemos...supongo que sus palabras eran de simple cortesía, supongo que en el fondo, aunque vivamos en un mundo hostil, podemos seguir teniendo esperanza en la empatía del género humano.
Adiós, mundo cruel, me temo que ya me vence el sueño, mañana será otro día, el día en que seguiré buscando a Andrea, comienzo a estar preocupado, es raro que no dé señales de vida, y aunque tal vez no atravesemos nuestro mejor momento, espero que esté bien. También espero, con todas mis fuerzas, encontrar a ese hombre de rasgos asiáticos, y más le vale contarme todo lo que sabe, o las cosas se van a poner muy serias.
martes, 28 de junio de 2011
Rojo en la luciérnaga. 1ª
La luciérnaga del cabo seguía brillando entre las sombras de la costa coruñesa. Carnota, ocupada por turistas de todos los rincones de España y Europa, se dormía con tranquilidad mientras la tragedia se cernía sobre la vida de un hombre, de una historia. Cuando llegó a mis oídos que el lugarteniente de la Guardia Civil, Francisco Suárez, había sido hallado muerto en el faro de Fisterra, no pude salir de mi asombro, ya que no me enteré por medio de la prensa o por algún conocido, sino por mediación de los que llevaban el caso. No se identificaron, tan solo me dijeron que necesitaban hacerme algunas preguntas con relación a las horas previas al asesinato de mi padre, lugarteniente de la Guardia Civil de Corcubión. Estas son solo algunas de las anotaciones del diario y ciertas cartas que pocos días después de su fallecimiento me permitieron esclarecer las circunstancias de su muerte, y también la identidad de su asesino.
10:00 Sábado
Escribo estas líneas varias horas después de que me diesen la noticia...mi padre, Francisco Suárez, ha muerto. Y no de una forma especialmente común. No quisieron darme demasiada información, esos hombres uniformados, pero a medida que me iban describiendo cómo había sido encontrado el cadáver de mi progenitor, supe que no podría dormir tranquilo en mucho tiempo. No fueron pocas las preguntas que me hicieron yo fui el último en ver con vida a papá, fui el último al que le pudo revelar información importante sobre lo que ocurrió aquella noche.
Que si se sentía perseguido, amenazado? Pues claro, peleaba contra los malos, y en más de una ocación había tenido que reducir a los cocainómanos y demás calaña de las noches de Fisterra, pero eso no significaba que alguno de esos maleantes de poca monta tuviesen el valor o los medios para acabar con un agente experimentado y que en ningún momento se propasara con ninguno de sus detenidos.
Pocas cosas encajaban en un principio, pero lo peor fue la explicación que ese moreno de piel de ojos oscuros me dio...
Lo encontraron en el faro, puta luciérnaga, el lugar que más llama la atención en decenas de km de costa, el lugar más condenadamente apartado, no sé lo que hacía allí, pero sí sé que no puede ser casualidad que apareciese colgado a cinco metros de altura, en un lugar inaccesible sin accesorios de escalada o una buena escalera. Según la policía, la teoría de la escalera no era posible. La noche del deceso, así fue como lo dijeron, una tormenta salvaje se apoderara de la zona.
Me cuesta recordarlo, algunas partes de la noche de ayer están borrosas, pero no recuerdo haber escuchado nada que hiciese pensar en una tormenta, tengo el sueño ligero, y es muy extraño que no me despertara. Cuando los dos agentes se fueron, me paré a pensar, y en realidad son muchas cosas de la noche de ayer las que me resultan confusas. Recuerdo haber ido al bar La Góndola con mi padre, está en O Ézaro.
Cada vez que nos reuníamos lo hacíamos allí...pienso en las muchas cosas de mi vida que me hubiese gustado que viera, tal vez incluso me habría gustado hacer que se sintiese orgulloso, dejar mis aspiraciones de convertirme en novelista y comenzar a hacer algo que no sea aprovecharme de mi pobre novia para sobrevivir. Un momento...eso me recuerda algo, creo que estuve con ella ayer por la noche...no recuerdo muy bien salir de La Góndola, pero apenas habíamos bebido, y me fui a Cee, a mi casa...no, a casa de Andrea, pero ella...no estaba, no, y tuve que conducir, aunque no recuerdo el camino a casa. Joder, si apenas bebí dos copas de Jameson, eso no tiene ningún sentido.
Tengo que ir a hablar con ella, tal vez se acuerde de verme, o tal vez pueda acercarme a La Góndola y ver lo que tienen que decirme sobre la noche de ayer. Por suerte no estoy entre los sospechosos de la Policía...aunque vi la tensión en sus rostros cuando reaccione tan tranquilamente al suceso...no me vieron afectado, tal vez aún no haya asimilado del todo lo que acaba de ocurrir. De lo que estoy seguro es de que, si algo de lo que ocurrió ayer por la noche puede ayudar a esclarecer lo que ocurrió, lo descubriré.
14:00 Sábado
En La Góndola apenas se acordaban de vernos la noche anterior, parece que nuestra estancia fue breve, pero que para el poco tiempo que pasamos allí, yo salí campaneando de una forma bastante exagerada, tal vez esté perdiendo fuerzas, aunque hay algo que me inquieta, esa camarera joven, esa tal Aurora, miraba a los lados con nerviosismo, como si supiese algo que no quería contar. Joder, me gustaría recordarla de ayer por la noche, pero me resulta imposible. Sé que el bar cierra a las 2 de la mañana los sábados, así que lo mejor que puedo hacer es, sin lugar a dudas, hacer tiempo hablando con Andrea, es mi novia, aunque no sea por averiguar algo, debería avisarla de...lo que ocurre.
18:00 Sábado
No está por ninguna parte. Ha desaparecido del mapa, pero por alguna extraña razón estoy convencido de que ayer estaba allí, estaba en mi noche...o tal vez fuesen solo delirios de borracho. Nunca con dos copas había perdido tanto la noción de las cosas, aunque también podría ser alguna especie de shock, en el fondo este diario me parece una depravación, estoy tomando notas cuando debería estar llorando la muerte de mi padre. Lo cierto es que me estoy poniendo bastante melancólico, recuerdo cuando éramos una familia, antes de que el cáncer decidiese que mi madre no era digna de vivir, cuando conocí a Andrea, y ya hace casi ocho años, el mayor problema que se planteaba en el horizonte era la posibilidad de que no les gustase a ellos.
Pero ahora estoy solo, ni siquiera mi chica, la que lleva ya tanto tiempo a mi lado, aparece en el día en que más la necesito, y no tengo fuerzas de lamar a nadie más, no se me ocurre, todo, todo va a ser extraño, ya sentí en el camino por Cee, cuando pasé por La Góndola, que todos me miraban de una forma algo extraña, no se si estoy paranoico o si ya conocen la noticia y lo que ocurre es que sienten lástima, el pobre chaval, casi treinta años, sin trabajo y sin familia, solo con la novia de la Universidad. Incluso a mí me parece una historia patética.
Cuando me dirigía a mi casa pasé por el bar, y me percaté de que el mismo coche que utilizaba la policía estaba allí, probablemente estarían llevando a cabo una investigación, y la reconstrucción de la noche anterior les llevará a percatarse de que soy...por lo menos, sospechoso. Tengo que darme prisa, o las cosas se pueden complicar. El primer paso es recordar, y para eso necesito que me ayuden a reconstruir todo lo que ocurrió. Para eso necesito que Aurora me ayude, que no fuesen falsas las señales que la convertían en una posible fuente. Menos mal que estudié Publicidad y Relaciones Públicas, tengo que saber caer bien a la gente, por necesidad. Me daré una ducha y echaré una cabezada, espero que las piezas encajen mejor a la salida de ese maldito pub, que pasó en La Góndola para que no me acuerde de casi nada después?
si Melpómene ayuda
Continuará...
viernes, 10 de junio de 2011
Te quiero, mp3
(La escena se ilumina, es una calle cualquiera, a una hora cualquiera, gentes pasan y Alma y su amante se miran)
ALMA-Parecemos un chiste sacado de la chistera de un mendigo.
GABRIEL-Y pese a todo somos la más pura esencia de la vida, somos los bromistas del amor, aquellos de los que los trobadores del pasado hablaban en clave atemporal.
ALMA-Pero solo nos conocemos hoy, es hoy y nada más, después se acaba, qué más dará el mundo, qué más dará el tiempo.
GABRIEL-El tiempo es relativo, el tiempo y las vivencias que lo acompañan son lo que nos convirtieron en quienes somos, son quienes nos convirtieron en las personas que ahora mismo coinciden en un mundo de casualidades felices.
ALMA-Pero en cambio, pese a la perfección de haberte conocido en este momento en que eres un ideal del interés, en este momento de paz guerrillera, no evito que el corazón palpite en mi pecho con la furia de la pérdida, te gano y te pierdo a la vez, pese a la estética de la idea no es más que una dificultad para mi entendimiento, acaso no somos más que masocas en el mar de Cronos?
GABRIEL-Si lo supiese no te querría tanto, mi desconocida, porque al fin y al cabo lo que nos está convirtiendo en entes especiales, en sujetos de un experimento de vida y desamor, es lo que a la vez nos condena al sufrimiento, a vivir de verdades efímeras que se pierden en los ecos de ciudades sin nombre.
ALMA-Me gustaría poder vislumbrar con las yemas de mis dedos cada línea de tu piel, cada recta, cada curva de tu esencia, y que ahí se quedasen pegados, como la tinta a esos libros que tanto nos unen pero que solo nos cuentan mentiras, esa sería una tinta distinta, una tinta de realidades y en la que nos sentiríamos realizados los dos, yo con tu abdomen en mis yemas, tú con la promesa de la eternidad, el sueño de cualquiera de vosotros, varones superficiales de mierda.
GABRIEL-Si no me gustase tanto besarte te escucharía, sino me gustase tanto escucharte te besaría, pero no sé como aprovechar el escaso tiempo que tenemos, son solo segundos, y no muchos, tantos como minutos tiene la vida de una flor. Esos ojos tuyos de mujerme transportan a tierras baldías de sufrimiento, a tierras en las que el joven Werther no sabría lo que es el amor destructivo.
ALMA-Y en cambio, homo lupus homine, y el mundo girará mañana, con el ocaso de un sueño que solo dos personas estamos dispuestas a vivir, un recuerdo de ensueño que nos transportará a tierras en que los recuerdos no dirán nada, y que al final nos convertirán en lo que somos, el recuerdo de una experiencia, que ya antes de ser vivida era un recuerdo, una idea.
GABRIEL-Tú no eres una persona, eres el ideal de persona.
ALMA-Y es por eso que no volveremos a vernos, es por eso que si lo hiciesemos no sería ya este un momento perfecto, aunque lo parezca, si volvemos a vernos esto se convertiría en el prólogo de algo normal, y no en la idea perfecta de un momento perfecto.
GABRIEL-Cállate, ahora ya no quiero escucharte, quiero menos de ti, no te pido tu esencia, te pido tu cuerpo, es lo que me interesa.
(Se abrazan, se besan, se despiden sonriendo con amor. Cada uno empieza a caminar en una dirección, a un metro de distancia ponen expresiones sombrías y desenfundan sus reproductores de música, alejados por un metro y por miles de kilómetros de pensamiento)
miércoles, 13 de abril de 2011
Las dudas del enfermo
Cuando se stienta frente al papel no se plantea nada, simplemente escribe, se deja llevar por la ebriedad de la tinta, la máquina de escribir es un amigo fiel en tiempos de guerra. Los pensamientos que le torturan desde hace ya varios meses no abandonan su cabeza, y sigue sumido en esa espiral de autoignorancia.
Durante más de dos meses no es capaz de escribir de algo que no sean cuerpos desnudos, no es capaz de escribir algo sin el exotismo de un seno asiático o de una mirada india, y en cambio es incapaz, totalmente incapaz, de pensar en sexo, de introducir el sexo entre los cuerpos desnudos, todo son metáforas de una vida que no entiende y que tal vez el mundo le corrompió.
Cuando sale a la calle y se encamina al supermercado para reunirse con Jorge, no es más que un día y nada que hacer, pero al llegar sufre, le rodean personas que no entiende, sobre las que querría escribir y no puede, es extraño, piensa. En ese mismo momento comienzan a fluir las palabras, y se va forjando la historia.
"El bebé gatea entre los restos de una mansión abandonada, los restos vitorianos están en llamas, y el niño gatea directamente hacia el fuego, los restos de su vida delante de él, entre las chispas, y el baile ígneo, alcanza a vislumbrar la figura demoníaca del que prendiese fuego a la casa, y asustado, casi con un interés morboso, si es que eso fuese posible en un niño, gatea hacia él, hacia el hombre, o lo que sea, que entre el fuego ríe mientras ve desaparecer el legado de los Arminster."
Y así, se dice, es como se abandonan los cuerpos desnudos, con algo mucho más retorcido.
Durante más de dos meses no es capaz de escribir de algo que no sean cuerpos desnudos, no es capaz de escribir algo sin el exotismo de un seno asiático o de una mirada india, y en cambio es incapaz, totalmente incapaz, de pensar en sexo, de introducir el sexo entre los cuerpos desnudos, todo son metáforas de una vida que no entiende y que tal vez el mundo le corrompió.
Cuando sale a la calle y se encamina al supermercado para reunirse con Jorge, no es más que un día y nada que hacer, pero al llegar sufre, le rodean personas que no entiende, sobre las que querría escribir y no puede, es extraño, piensa. En ese mismo momento comienzan a fluir las palabras, y se va forjando la historia.
"El bebé gatea entre los restos de una mansión abandonada, los restos vitorianos están en llamas, y el niño gatea directamente hacia el fuego, los restos de su vida delante de él, entre las chispas, y el baile ígneo, alcanza a vislumbrar la figura demoníaca del que prendiese fuego a la casa, y asustado, casi con un interés morboso, si es que eso fuese posible en un niño, gatea hacia él, hacia el hombre, o lo que sea, que entre el fuego ríe mientras ve desaparecer el legado de los Arminster."
Y así, se dice, es como se abandonan los cuerpos desnudos, con algo mucho más retorcido.
jueves, 31 de marzo de 2011
Cosmos
Casi puede respirar su esencia, es una parte del aire, exhalando magnetismo por cada uno de sus poros, esos ojos oscuros que le miran como si se tratase del único. La melena que se mece con el movimiento de su dueña, un guiño más, y el olor de su colonia, el olor de su piel.
Cada vez que la mira es más suya, y con la confianza que da la desnudez, le acaricia el abdomen, es un tacto lúcido, un tacto también luminoso. Se mueve encima de él, la luz y las brasas de la chimenea al fondo de la habitación, la ropa tirada quién sabe cómo y dónde, pero lo único importante es que son uno, y ella es aparte.
No piensa en sus formas, no piensa en las aureolas que roza con un espasmo de placer, solo piensa en su mirada, en cada momento fija en él, en cada momento que pasa un poco más perdida en el infinito del puro goce.
Las estrellas se abren entre el crepitar de la chimenea, de los ojos de ELLA comienza a salir luz, iris y pupilas perdidos, los ojos en blanco y un cosmos alternativo que nace de su rostro, de su cuerpo desnudo, un mundo diferente, en el que lo terrenal no importa, y el deja de estar tumbado, se sienta y la abraza sin salir.
Están unidos en el Universo, y ni siquiera sabe su nombre, qué superficial estupidez, ahora es cuando le gustaría no haber contratado los servicios de esa mujer tan atractiva.
domingo, 16 de enero de 2011
Cartas al director
Es tarde de lectura en su mente. Los coros de voces aletargadas le rodean. Cafetería vacía pero resonante en la que se encuentra, con la fachada de piedra deslizándose entre sombras, locada en la plaza de Galicia es un rumor de calles de barro, un mito de cultura que en realidad consiste en desconocidos tomando cafés y desconfiando de sus camaradas silentes.
Apenas es un vago recuerdo lo que Cortázar revelaba en la anterior página, y en cambio es un mundo florido y acongojante lo que narra ahora, acompañado de los ruidos y luces que como ecos se pierden entre las formas enrevesadas del local, las mesas de metal decimonónico y las miradas más antiguas si cabe. El camarero es una figura cargada de quietud, que con su longevidad envejece a aquellos con los que habla.
En la calle se forman tinieblas de hormigón, los pasos de los transeuntes se superponen con los de aquellos que circulan motorizados, y estos forman un mosaico de luces sin in, en el atasco de la ciudad las serpientes de faros y cigarros fumados por pilotos constituyen una eternidad de manifiesta contemporaneidad. Callan todos y dejan de obervar su café cuando la puerta se abre y entra un vendaval de sonidos. Se cierra y una persona más está ahí dentro. La esperaba, esperaba a Penélope, y ella ha llegado.
No fue el modo en que se conocieron la forma común en una edad de recuerdos y divagaciones, una edad de apatía. El tiempo de los coches y los ordenadores, y como una incongruencia temporal, él mandó una epístola al diario que con más fuerza detestaba. Ella, interesada por la persona que con aquella fuerza protestaba, no hizo más que buscar su dirección, indagar, y tras conseguirla empezó una larga correspondencia de frases dichas y a medio decir.
Con curiosidad recorre la cafetería la joven, su vestido nacarado le marca las formas con una adaptación que ya querría para si el lucero del alba al amanecer, , en cambio está suelto y vuela, convirtiéndola en una visión que parece siempre a punto de desaparecer, gira la cabeza en busca de su corresponsal, y su melena lisa de azabache vuela, revolviéndose como si una tormenta se hubiese desatado a su alrededor, y esas facciones blanquecinas, ese tono perlado en una piel marcada de pecas, aspecto de niña sabia hasta el infinito. Sonrisa inocente al verlo, y se acerca.
Aparcando la lectura junto a su café con gotas, se levanta él, probablemente con cara de idiota, y el silencio, los ruidos de la calle ya no existen, los ruidos eran ficción, ella es real, le da dos besos con esa suavidad que solo la piel de un ángel tendría, y le saluda con una náusea de amor, con palabras que no quiere y debe decir. Saludos cordiales y tópicos en un mundo diferente, entonces los dos ríen, en una lucha de protagonismos, los dos quieren fascinar.
Ríen y se burlan de si mismos por saludarse timidamente cuando se conocen más que a nadie, desconocidos de siempre, y el futuro es suyo. Ella no quiere tomar nada, solo quiere vislumbrar la felicidad de alguien a quien dirigirse en los términos en los que quiere dirigirse a alguien. Hablar de lo que realmente le interesa.
Y antes de darse cuenta estás ya fuera, cobijados por el ruido y el claroscuro de colorines que es la calle de noche. Los coches rugiendo, pitando, las gentes caminando perdidas sin mirarse a los ojos, y de eso hablan, fijos cada uno en las pupilas del otro, fascinados por poder hablar sobre la gente que no habla, fascinados de pensar en la gente que no piensa. Las calles no importan, y por ello se adentran en la zona vieja, caminan sin rumbo porque no lo necesitan, ambos han caminado ya demasiado tiempo sabiendo hacia donde se dirigían, y es ahora cuando comienza el auténtico viaje.
Los peregrinos los miran extrañados cuando tienen que apartarse para no ser atropellados, pero a ellos no les importa, no quieren mirar hacia delante, eso es lo que hace la gente normal, solo quieren beber el alma del otro y disfrutar de esas horas robadas al tiempo antes de que la realidad de París y de azúcar se cierna sobre ellos, será su primera y única noche juntos, quién quiere más, conocerse, el resto sobra, artículos de tienda de regalo que están en casa y solo ves un día. Mejor saber que se perderán después, y observarlo como lo que son, objetos únicos.
Así se sentían al llegar a la plaza del Obradoiro, como un regalo efímero y maravilloso, las dos semanas de correspondencia ya no son nada, ahora están cara a cara y quieren ser uno. Follar? Ya se verá, de momento empieza a llover. Empieza a llover y el Obradoiro se vacía, ellos se quedan allí, de pie, se dirigen al centro de la inmensa plaza y se quedan mirándose, dejando que la lluvia les moje el pelo, que conviertan cada curva de sus rostros en perlas brillantes en la noche. Y sus miradas brillan más si cabe. Se tumban en el Obradoiro, aprecian esa vista magnífica de la catedral, con las perspectivas cambiadas, el mundo boca abajo, y es para ellos lo más natural del mundo.
Se levantan, y siguen caminando, tal vez hacia el monte de Deus. Las formas de ella dibujándose bajo el vestido de nácar.
Apenas es un vago recuerdo lo que Cortázar revelaba en la anterior página, y en cambio es un mundo florido y acongojante lo que narra ahora, acompañado de los ruidos y luces que como ecos se pierden entre las formas enrevesadas del local, las mesas de metal decimonónico y las miradas más antiguas si cabe. El camarero es una figura cargada de quietud, que con su longevidad envejece a aquellos con los que habla.
En la calle se forman tinieblas de hormigón, los pasos de los transeuntes se superponen con los de aquellos que circulan motorizados, y estos forman un mosaico de luces sin in, en el atasco de la ciudad las serpientes de faros y cigarros fumados por pilotos constituyen una eternidad de manifiesta contemporaneidad. Callan todos y dejan de obervar su café cuando la puerta se abre y entra un vendaval de sonidos. Se cierra y una persona más está ahí dentro. La esperaba, esperaba a Penélope, y ella ha llegado.
No fue el modo en que se conocieron la forma común en una edad de recuerdos y divagaciones, una edad de apatía. El tiempo de los coches y los ordenadores, y como una incongruencia temporal, él mandó una epístola al diario que con más fuerza detestaba. Ella, interesada por la persona que con aquella fuerza protestaba, no hizo más que buscar su dirección, indagar, y tras conseguirla empezó una larga correspondencia de frases dichas y a medio decir.
Con curiosidad recorre la cafetería la joven, su vestido nacarado le marca las formas con una adaptación que ya querría para si el lucero del alba al amanecer, , en cambio está suelto y vuela, convirtiéndola en una visión que parece siempre a punto de desaparecer, gira la cabeza en busca de su corresponsal, y su melena lisa de azabache vuela, revolviéndose como si una tormenta se hubiese desatado a su alrededor, y esas facciones blanquecinas, ese tono perlado en una piel marcada de pecas, aspecto de niña sabia hasta el infinito. Sonrisa inocente al verlo, y se acerca.
Aparcando la lectura junto a su café con gotas, se levanta él, probablemente con cara de idiota, y el silencio, los ruidos de la calle ya no existen, los ruidos eran ficción, ella es real, le da dos besos con esa suavidad que solo la piel de un ángel tendría, y le saluda con una náusea de amor, con palabras que no quiere y debe decir. Saludos cordiales y tópicos en un mundo diferente, entonces los dos ríen, en una lucha de protagonismos, los dos quieren fascinar.
Ríen y se burlan de si mismos por saludarse timidamente cuando se conocen más que a nadie, desconocidos de siempre, y el futuro es suyo. Ella no quiere tomar nada, solo quiere vislumbrar la felicidad de alguien a quien dirigirse en los términos en los que quiere dirigirse a alguien. Hablar de lo que realmente le interesa.
Y antes de darse cuenta estás ya fuera, cobijados por el ruido y el claroscuro de colorines que es la calle de noche. Los coches rugiendo, pitando, las gentes caminando perdidas sin mirarse a los ojos, y de eso hablan, fijos cada uno en las pupilas del otro, fascinados por poder hablar sobre la gente que no habla, fascinados de pensar en la gente que no piensa. Las calles no importan, y por ello se adentran en la zona vieja, caminan sin rumbo porque no lo necesitan, ambos han caminado ya demasiado tiempo sabiendo hacia donde se dirigían, y es ahora cuando comienza el auténtico viaje.
Los peregrinos los miran extrañados cuando tienen que apartarse para no ser atropellados, pero a ellos no les importa, no quieren mirar hacia delante, eso es lo que hace la gente normal, solo quieren beber el alma del otro y disfrutar de esas horas robadas al tiempo antes de que la realidad de París y de azúcar se cierna sobre ellos, será su primera y única noche juntos, quién quiere más, conocerse, el resto sobra, artículos de tienda de regalo que están en casa y solo ves un día. Mejor saber que se perderán después, y observarlo como lo que son, objetos únicos.
Así se sentían al llegar a la plaza del Obradoiro, como un regalo efímero y maravilloso, las dos semanas de correspondencia ya no son nada, ahora están cara a cara y quieren ser uno. Follar? Ya se verá, de momento empieza a llover. Empieza a llover y el Obradoiro se vacía, ellos se quedan allí, de pie, se dirigen al centro de la inmensa plaza y se quedan mirándose, dejando que la lluvia les moje el pelo, que conviertan cada curva de sus rostros en perlas brillantes en la noche. Y sus miradas brillan más si cabe. Se tumban en el Obradoiro, aprecian esa vista magnífica de la catedral, con las perspectivas cambiadas, el mundo boca abajo, y es para ellos lo más natural del mundo.
Se levantan, y siguen caminando, tal vez hacia el monte de Deus. Las formas de ella dibujándose bajo el vestido de nácar.
C´est l´amour
Cortinas policromadas caen de los alféizares camino pegado a los muros de esta ciudad bendita, agraciada con su existencia. Siempre fui un romántico, pero lo estoy llevando al extremo en los últimos tiempos, es como si fuese capaz de ver todo más allá, unas perspectivas soñadoras que me cautivan. Qué diablos. Atravieso la cortina de agua y los colores se hacen más vivos, día soleado y lluvioso, y mientras me empapo, observo el arcoiris eterno que se abre en cada callejón, con el agua cayendo, con el agua rebotando y mezclándose con mi ropa.
Todo brilla, la gente corre a ocultarse en los soportales de las calles santiaguesas, nunca había visto un arcoiris con lluvia tan intensa, parece que Santiago se inundará, y en cambio da gusto caminar por la calle, sentir pesada cada prenda de ropa, los vaqueros pegados a mis piernas y deseando pegarse al suelo, escurrise y descender de la mano de una gravedad que también empuja mi camiseta. Tal vez habría sido mejor abrigarme más, pero me cuesta sentir frío, ser consciente de lo que me rodea desde que la conocí.
Directa desde Suiza, desde Ginebra, con Geneve por nombre y unos ojos castaños que no sabría describir, esas mejillas sin forma, con la piel tan pálida que parece se va a deshacer en vapor. Las manos, rozando, frías, mis mejillas, y esa forma de hacer contacto y que parezca venir de otro mundo, tan suave, tan agradable, de mármol y vapor. No hace frío y continúo recorriendo las calles en busca de mi afrancesada particular. Es la vida de un hombre enamorado, ser feliz y caminar sin saber por qué, importarte poco mojarte o no hacerlo. Y de qué me sirve? Quién sabe...
Todo brilla, la gente corre a ocultarse en los soportales de las calles santiaguesas, nunca había visto un arcoiris con lluvia tan intensa, parece que Santiago se inundará, y en cambio da gusto caminar por la calle, sentir pesada cada prenda de ropa, los vaqueros pegados a mis piernas y deseando pegarse al suelo, escurrise y descender de la mano de una gravedad que también empuja mi camiseta. Tal vez habría sido mejor abrigarme más, pero me cuesta sentir frío, ser consciente de lo que me rodea desde que la conocí.
Directa desde Suiza, desde Ginebra, con Geneve por nombre y unos ojos castaños que no sabría describir, esas mejillas sin forma, con la piel tan pálida que parece se va a deshacer en vapor. Las manos, rozando, frías, mis mejillas, y esa forma de hacer contacto y que parezca venir de otro mundo, tan suave, tan agradable, de mármol y vapor. No hace frío y continúo recorriendo las calles en busca de mi afrancesada particular. Es la vida de un hombre enamorado, ser feliz y caminar sin saber por qué, importarte poco mojarte o no hacerlo. Y de qué me sirve? Quién sabe...
Capítulo 6: La frustración del voyeur
RalSimón es consciente de que ha conseguido generar fascinación en la mente de su tío, como mínimo una curiosidad atronadora, como si de Alicia explorando su mundo de las maravillas se tratara. Profesor de literatura, es un gran aficionado a los casos perdidos y a aquellos que podrían ser genios y no son más que idiotas. Busca eternamente al que consiga equilibrar creación y vida, aún no lo ha encontrado.
Tantas películas le recuerdan a esta situación, pero no quiere pensar en ellos, intenta penetrar las mentes de sus interlocutores, pero están hablando un idioma que no le interesa, sentados cada uno en uno de los sillones individuales de su salón, parecen estar a gusto, Gabriel cuenta la historia de su vida, cómo se llama Gabriel Néstor, y en ocasiones se siente uno y en ocasiones otro. Se cree un creador, un creador con posibilidades de triunfar, y relata entonces por qué su falta de inspiración le condujera a llevar a cabo actos...desaconsejables.
Ramiro es un buen oyente, atento, con asentimientos en su justa medida, una mirada penetrante y da siempre la sensación de entenderlo todo, una actitud forjada, probablemente, a base de años aguantando los discursos de adolescentes con aires de grandeza, dándoles ánimo para conservar los aires y mejorar el fondo.
Para él no resulta interesante una conversación en que no aparece ese Stanley, con odiseas por el espacio y ultraviolencia repartida en tantos años de carrera. No le gusta una conversación en que no se siente quien de participar, él que normalmente intenta dejar su sello en cuanto otra persona abre la boca, pero no es la vida del cinéfilo una vida participativa, sino más bien digna de un voyeur. Y no quiere ser Simón el que rompa el tópico, le gustan demasiado los tópicos.
El relato de su protegido ha durado más de una hora, y para Simón no ha sido más tiempo que el que le ha costado repasar el argumento de Blade Runner, película genial donde las haya, con una ambientación elaboradísima y aun encima, con el mejor monólogo final que había escuchado en su vida. Un repaso más interesante el de los replicantes que el de Gabriel, Néstor, o como se llamase. Aunque sigue teniendo curiosidad por adentrarse en la madriguera de conejo, se arrepiente en cierta medida de haber metido tanto ajetreo en su vida.
Alguien llama al timbre. A Ramiro se le ilumina la sonrisa, ese alumno del que había hablado, debe ser él. Y simón se levanta, secundario como nunca lo había sido, y abre el portal desde la cocina. Después deja la puerta del piso entreabierta y, como si volviese a sumirse en las sombras, se sienta y queda en silencio. Para él ya no es la situación más que un engorro, querría estar viendo ya una película del Dogma 95, es el momento perfecto, un momento de especial vitalismo y veracidad, pero...le gustaría darse cuenta de que por muy realista que resulte el Dogma 95, lo es más lo que tiene delante.
Aparece el cándido Bastián, parece un personaje sacado de Van Sant, retraído, adolescente en su más puro estado, una hipérbole de la paranoia y la hormonación, cabizbajo, con un deje de mártir por vivir. Saluda con un gesto y se acerca a Ramiro, cobijándose en la única persona a la que conoce en la sala.
-Bienvenido, Bastián- el tío de Simón le saluda con una sonrisa muy marcada, está en su ambiente-, te presento a mi sobrino, Simón, y este de aquí es Gabriel, el chico del que te hablé.
Tras la necesaria dosis de presentaciones y estrechamientos de manos ajenas y propias, es el momento de sentarse a charlas, Bastián toma sitio en una butaca de madera con los ribetes del cojín azulado cayendo a cada lado. A simón le gustaría ofrecer asientos más cómodos, pero eso es un piso de estudiantes, qué coño, no le pueden pedir más. Y es el momento de que su histriónico tío lleve a cabo su presentación.
-Cuando Simón me llamo no estaba muy seguro de qué tipo de ayuda me pedía, la situación de Gabriel requeriría más la intervención de la policía que la mía, pero después de describirme al personaje del que me hablaba, me di cuenta de que lo que más necesita son unas clases de vida y literatura, una enseñanza de liberaciones y moderación.
Sino me equivoco, la escritura es para ti la mayor de las liberaciones, Bastián, así que tu puedes ser el maestro de escrituras, mientras aprendes de alguien que lleva a cabo todo lo que tu no te atreves a hacer. Es como si tú escribieses todo lo que Gabriel no puede mientras él vive las vidas de los dos, tenéis que aprender a compensar vuestras existencias, y es por eso que os conocéis, por eso es que estáis aquí.
Caras de póker, y envidia de Gabriel por Bastián y su creación, y de Bastián por la capacidad vital de Gabriel. Simón les mira con desprecio, siempre anhelando lo que otros tienen, si fuesen como él, capaz de extraer toda enseñanza que el cine le pueda acercar. Y aún así hay algo que le inquieta de los dos que tiene delante, como si su situación fuese la peor y necesitase aprender de ambos, dejar atrás esa pose pseudodivina que se ha forjado a base de metrajes.
Tantas películas le recuerdan a esta situación, pero no quiere pensar en ellos, intenta penetrar las mentes de sus interlocutores, pero están hablando un idioma que no le interesa, sentados cada uno en uno de los sillones individuales de su salón, parecen estar a gusto, Gabriel cuenta la historia de su vida, cómo se llama Gabriel Néstor, y en ocasiones se siente uno y en ocasiones otro. Se cree un creador, un creador con posibilidades de triunfar, y relata entonces por qué su falta de inspiración le condujera a llevar a cabo actos...desaconsejables.
Ramiro es un buen oyente, atento, con asentimientos en su justa medida, una mirada penetrante y da siempre la sensación de entenderlo todo, una actitud forjada, probablemente, a base de años aguantando los discursos de adolescentes con aires de grandeza, dándoles ánimo para conservar los aires y mejorar el fondo.
Para él no resulta interesante una conversación en que no aparece ese Stanley, con odiseas por el espacio y ultraviolencia repartida en tantos años de carrera. No le gusta una conversación en que no se siente quien de participar, él que normalmente intenta dejar su sello en cuanto otra persona abre la boca, pero no es la vida del cinéfilo una vida participativa, sino más bien digna de un voyeur. Y no quiere ser Simón el que rompa el tópico, le gustan demasiado los tópicos.
El relato de su protegido ha durado más de una hora, y para Simón no ha sido más tiempo que el que le ha costado repasar el argumento de Blade Runner, película genial donde las haya, con una ambientación elaboradísima y aun encima, con el mejor monólogo final que había escuchado en su vida. Un repaso más interesante el de los replicantes que el de Gabriel, Néstor, o como se llamase. Aunque sigue teniendo curiosidad por adentrarse en la madriguera de conejo, se arrepiente en cierta medida de haber metido tanto ajetreo en su vida.
Alguien llama al timbre. A Ramiro se le ilumina la sonrisa, ese alumno del que había hablado, debe ser él. Y simón se levanta, secundario como nunca lo había sido, y abre el portal desde la cocina. Después deja la puerta del piso entreabierta y, como si volviese a sumirse en las sombras, se sienta y queda en silencio. Para él ya no es la situación más que un engorro, querría estar viendo ya una película del Dogma 95, es el momento perfecto, un momento de especial vitalismo y veracidad, pero...le gustaría darse cuenta de que por muy realista que resulte el Dogma 95, lo es más lo que tiene delante.
Aparece el cándido Bastián, parece un personaje sacado de Van Sant, retraído, adolescente en su más puro estado, una hipérbole de la paranoia y la hormonación, cabizbajo, con un deje de mártir por vivir. Saluda con un gesto y se acerca a Ramiro, cobijándose en la única persona a la que conoce en la sala.
-Bienvenido, Bastián- el tío de Simón le saluda con una sonrisa muy marcada, está en su ambiente-, te presento a mi sobrino, Simón, y este de aquí es Gabriel, el chico del que te hablé.
Tras la necesaria dosis de presentaciones y estrechamientos de manos ajenas y propias, es el momento de sentarse a charlas, Bastián toma sitio en una butaca de madera con los ribetes del cojín azulado cayendo a cada lado. A simón le gustaría ofrecer asientos más cómodos, pero eso es un piso de estudiantes, qué coño, no le pueden pedir más. Y es el momento de que su histriónico tío lleve a cabo su presentación.
-Cuando Simón me llamo no estaba muy seguro de qué tipo de ayuda me pedía, la situación de Gabriel requeriría más la intervención de la policía que la mía, pero después de describirme al personaje del que me hablaba, me di cuenta de que lo que más necesita son unas clases de vida y literatura, una enseñanza de liberaciones y moderación.
Sino me equivoco, la escritura es para ti la mayor de las liberaciones, Bastián, así que tu puedes ser el maestro de escrituras, mientras aprendes de alguien que lleva a cabo todo lo que tu no te atreves a hacer. Es como si tú escribieses todo lo que Gabriel no puede mientras él vive las vidas de los dos, tenéis que aprender a compensar vuestras existencias, y es por eso que os conocéis, por eso es que estáis aquí.
Caras de póker, y envidia de Gabriel por Bastián y su creación, y de Bastián por la capacidad vital de Gabriel. Simón les mira con desprecio, siempre anhelando lo que otros tienen, si fuesen como él, capaz de extraer toda enseñanza que el cine le pueda acercar. Y aún así hay algo que le inquieta de los dos que tiene delante, como si su situación fuese la peor y necesitase aprender de ambos, dejar atrás esa pose pseudodivina que se ha forjado a base de metrajes.
sábado, 15 de enero de 2011
Capítulo 5: Liberación del mundo
Se sintió fascinado al mismo momento de verla, como si se tratase de una aparición mística. Una aparición de otro mundo. Acababa de salir de su clase de literatura, y como pensando en cualquier cosa, no pensó en ella. El momento perfecto para que fuese Alba la que se le acercase.
-Hola, Bastián.
Una mueca como respuesta, ese idiota cargado de sueños idílicos no pensaba aprovechar la clase magistral de emociones que acababa de recibir. Suerte que no era muy dado a sonrojarse, y había cumplido su cupo durante el aula. No cree que sus mejillas hayan cambiado de color.
-Eh...hola, Alba.
-Esa poesía era muy bonita.
El pelo áureo de ella casi le tapaba la cara, y el cuadro que rodeaba con folículos no puede ser más hermoso. Con los ojos de un verde como no vi en mi vida, grandes, expresivos, de esos que se te meten en la sangre y recorren tu cuerpo cargados de electricidad. Los labios, esos labios...
-Gracias- nervioso-, bueno...adiós.
-Adiós.
En su suprema idiotez no es consciente de que aquella mirada de decepción aparece en los ojos de la joven. No le importa su poema, es lo que le ha provocado lo que le importa, esa química que se mete en tu cerebro y parece manipular tus pensamientos, como un virus que dirige tus pensamientos hacia unas palabras, hacia su autor...
Y el idiota de Bastián se da la vuelta, no es un joven especialmente atractivo, no por sus características físicas, agraciadas, sino por su carácter pusilánime, esa actitud apática hacia la vida que le caracteriza. Si pensase en su parte de culpa en la poca atracción que ejerce sobre el sexo opuesto, tal vez se diese cuenta de lo fácil que le resultaría ser atractivo. Si fuese consciente de ello no habría perdido, tal vez, la única oportunidad de conseguir entablar amistad con la chica de sus sueños. Pero no lo era.
No se da la vuelta, camina dando la espalda a Alba y aún no sabría qué decirle. En qué medida le habría interesado cualquier suceso relacionado con la vida de un tío tan aburrido como él. Pensamientos poco halagüeños, seguro que solo había querido mofarse.
-Que le den- exclamó, al llegar a su casa, furioso. çcoge un papel, su pluma y se pone a escribir.
Eso es lo suyo, liberarse, guardarlo todo dentro, guardar dentro de sí toda participación de la vida que sea capaz de reprimir, y en vez de vivir, volcarlo todo sobre un papel gastado. Gira el mundo interno de Bastián alrededor de todo aquello que le da rabia, gira alrededor de si mismo, y todo acaba.
Ha pasado una hora, y dos folios, setenta y dos versos. Es preciosa, desgarrada, se dice. La poesía de su mundo desesperado. Pero ahora, leído en papel, todo es más bello, casi gracioso.
Su romance con la celulosa no ha terminado y vuelve a vlcarse pluma en manos. Su vida en metáfora y elipsis está ya escrita, y continúa, eso es lo importante, se llevará a la tumba sus memorias escritas en coplas, sonetos y verso libre.
Está al alcance de muy pocos, se dice, ya no sabe qué hora es, está aislado en su ático, solitario, y le gusta, pero de repente, lo peor. Suena el teléfono, alguien lo saca de su trance místico, de su obra homérica en rima consonante.
-Hola, Bastián, recuerdas mis palabras de hoy? He conocido a un joven que te vendrá muy bien, ya lo verás.
-Ramiro?- la interrogación que partió del joven al reconocer la voz de su profesor de literatura podría ser doble, o triple.
-Hola, Bastián.
Una mueca como respuesta, ese idiota cargado de sueños idílicos no pensaba aprovechar la clase magistral de emociones que acababa de recibir. Suerte que no era muy dado a sonrojarse, y había cumplido su cupo durante el aula. No cree que sus mejillas hayan cambiado de color.
-Eh...hola, Alba.
-Esa poesía era muy bonita.
El pelo áureo de ella casi le tapaba la cara, y el cuadro que rodeaba con folículos no puede ser más hermoso. Con los ojos de un verde como no vi en mi vida, grandes, expresivos, de esos que se te meten en la sangre y recorren tu cuerpo cargados de electricidad. Los labios, esos labios...
-Gracias- nervioso-, bueno...adiós.
-Adiós.
En su suprema idiotez no es consciente de que aquella mirada de decepción aparece en los ojos de la joven. No le importa su poema, es lo que le ha provocado lo que le importa, esa química que se mete en tu cerebro y parece manipular tus pensamientos, como un virus que dirige tus pensamientos hacia unas palabras, hacia su autor...
Y el idiota de Bastián se da la vuelta, no es un joven especialmente atractivo, no por sus características físicas, agraciadas, sino por su carácter pusilánime, esa actitud apática hacia la vida que le caracteriza. Si pensase en su parte de culpa en la poca atracción que ejerce sobre el sexo opuesto, tal vez se diese cuenta de lo fácil que le resultaría ser atractivo. Si fuese consciente de ello no habría perdido, tal vez, la única oportunidad de conseguir entablar amistad con la chica de sus sueños. Pero no lo era.
No se da la vuelta, camina dando la espalda a Alba y aún no sabría qué decirle. En qué medida le habría interesado cualquier suceso relacionado con la vida de un tío tan aburrido como él. Pensamientos poco halagüeños, seguro que solo había querido mofarse.
-Que le den- exclamó, al llegar a su casa, furioso. çcoge un papel, su pluma y se pone a escribir.
Eso es lo suyo, liberarse, guardarlo todo dentro, guardar dentro de sí toda participación de la vida que sea capaz de reprimir, y en vez de vivir, volcarlo todo sobre un papel gastado. Gira el mundo interno de Bastián alrededor de todo aquello que le da rabia, gira alrededor de si mismo, y todo acaba.
Ha pasado una hora, y dos folios, setenta y dos versos. Es preciosa, desgarrada, se dice. La poesía de su mundo desesperado. Pero ahora, leído en papel, todo es más bello, casi gracioso.
Su romance con la celulosa no ha terminado y vuelve a vlcarse pluma en manos. Su vida en metáfora y elipsis está ya escrita, y continúa, eso es lo importante, se llevará a la tumba sus memorias escritas en coplas, sonetos y verso libre.
Está al alcance de muy pocos, se dice, ya no sabe qué hora es, está aislado en su ático, solitario, y le gusta, pero de repente, lo peor. Suena el teléfono, alguien lo saca de su trance místico, de su obra homérica en rima consonante.
-Hola, Bastián, recuerdas mis palabras de hoy? He conocido a un joven que te vendrá muy bien, ya lo verás.
-Ramiro?- la interrogación que partió del joven al reconocer la voz de su profesor de literatura podría ser doble, o triple.
martes, 11 de enero de 2011
Capítulo 4: Despertar y concienciazión
La casa de ese tal Simón parece un buen lugar dónde despertar. Gabriel reflexiona sobre todo lo ocurrido la noche anterior, terrible balance, el teléfono cargado de llamadas y mensajes de unos padres preocupados, las udas sobre llamar y explicar u ocultar y preocupar son realmente significativas. Las explicaciones pueden llegar a resultar complicadas. Podría haber puesto la vida de todos en peligro por beber demasiado whisky, y por comportarme de forma violenta, pero no os preocupéis, padres. Es absurdo el simple hecho de pensarlo.
Mira hacia arriba y lo que observa lo inquieta, no es nada, solo un poster de Predator, el clásico de ese tal Chuache, pero la visión de la criatura resulta inquietante al despertar. Menudo bicho raro este Simón, piensa para sí mismo, todo el camino hablando del hurto de protagonismo, de sutiles ritmos de jazz en el fluir de la vida. Para Gabriel el chino sería más comprensible que la paranoia constante de ese soberbio e ignorante cinéfilo. Pero prometió presentarle a su ángel de la guarda, un hombre sabio y cabal, tal vez él supiese lo que hacer, pero por supuesto no confía demasiado en los consejos de un desconocido que sin problemas le invita a su casa, podría ser un pervertido, quién sabe, al menos sigue vivo.
Son más de las dos del mediodía, y abe la puerta de la habitación con una mezcla entre curiosidad y temor. Todas las paredes están cubiertas de pósters, la monstruosa figura del hombre elefant, uno de un videojuego famoso pero que no ha probado, y hasta hay de varios grupos de metal atmosférico norirlandeses. Poco importan los detalles, y se encomienda a la bondad desinteresada de su anfitrión. El chirrido de lapuerta al abrirse le hace ser consciente de que no pasará desapercibido. Piso clásico de estudiante, pasillo oscuro, la habitación se encontraba al fondo, y recuerda que para llegar al salón, donde espera encontrar a Simón, solo debe seguir recto. No es difícil orientarse en ese piso de dos ocupado por uno solo. Mi compañero está sacando el carné de conducir, no vino esta semana, recuerda las palabras.
Las puertas cerradas no le inspiran la menor curiosidad, solo quiere llegar al salón, conocer cual será su siguiente paso. Por momentos se plantea la posibilidad de estar exagerando. Pero probablemente sea solo que quiere encontrar esperanzas donde no las hay. El Mesías es demasiado influyente,demasiado. Para él no es sencillo acercar los pensamientos a determinados temas, qué fácil habría resultado quedarse en casa, con su incapacidad absoluta para escribir, con su cubata de qhisky, ahora lo recuerda, estrellado contra un árbol, la botella, de sus padres, fuera del mueble-bar, las luces encendidas y la cama vacía, tarde o temprano tendrá que rendir cuentas...mejor cambiar de tema. A Baudelaire no le exigían explicaciones tras sus desmanes.
Se escuchan voces tras la puerta de caoba, no es más que una sensación, pero el nerviosismo le invade mientras gira el pomo, circular como hacía tiempo que no veía uno. Las voces se paran. Parece que el día es tenso para todos. Según Simón su compañero no aparecería, así que debía tratarse de otra persona, además, esa voz parece más adulta qu la de un estudiante, el tempo de las palabras más pausado. La puerta ya está abierta, y al fin contempla el cuadro completo. El salón, con la puerta de la calle abierta, al otro extremo, y su benefactor dando labienvenida a un hombre de panza abundante, a un hombre con bigote y que sonríe con extrañeza. Los dos le observan ahora. Simón cierra la puerta tras la espalda de su tío, o eso supone Gabriel.
-Así que este es el famoso Gabriel. Veo que tienes el aspecto que mi sobrino me describía, un león rodeado de plantas carnívoras. No me creo que hayas sido o seas escritor, pero si que tienes fuerza de carácter.
-Veo que Simón le ha informado en exceso. No soy más que lo que tiene delante, con palabras en papel o sin ellas, soy un joven condenado.
.Y yo soy el que con todas sus fuerzas tratará de ayudarte, si vuelves a tutearme te lanzaré a las plantas, pero si me tratas con confianza tal vez puedas sacar algo en limpio, para algo soy catedrático de literatura, vivo más fuera de la realidad que la mayoría de los profesores, y en cambio más dentro que cualquiera que no haya leído un verso de Góngora.
Ramiro, pues ese es el nombre del erudito, es consciente de la ignorancia plasmada en sus palabras, utilizando a Góngora como representante de realidades, y se complace al ver la mirada de acusación procedente de su interlocutor. Le explica el motivo de su desliz, y tras explicarle esa prueba de infancia, pasa a comunicarle que aunque se considere un pensador diferente, no le ayudará si no pone en conocimiento de sus padres su situación. Él es padre y sabe lo que es morir por la seguridad de un hijo. La mirada de Simón cuando su tío pronuncia esas palabras es significativa, y Gabriel, curioso, se abstiene de preguntar la causa.
Es, pues, el momento de llamar a sus padres para aquel que quería evitarlo a toda costa, el momento de tragar con lo desagradable para tratar de vislumbrar una luz al final del túnel, túnel oscuro, por otra parte. Comienza, pues, la odisea del mentiroso que afirma encontrarse en un viaje en Madrid, para solucionar un problema personal de una amiga que acaba de perder a su madre. La historia de la agresión al Mesías es plato de gusto para Ramiro, que con premura reflexiona, y se le ocurre pensar en alguien que podría sacar gran provecho de la personalidad impulsiva del guerrillero de los narcotraficantes.
Mira hacia arriba y lo que observa lo inquieta, no es nada, solo un poster de Predator, el clásico de ese tal Chuache, pero la visión de la criatura resulta inquietante al despertar. Menudo bicho raro este Simón, piensa para sí mismo, todo el camino hablando del hurto de protagonismo, de sutiles ritmos de jazz en el fluir de la vida. Para Gabriel el chino sería más comprensible que la paranoia constante de ese soberbio e ignorante cinéfilo. Pero prometió presentarle a su ángel de la guarda, un hombre sabio y cabal, tal vez él supiese lo que hacer, pero por supuesto no confía demasiado en los consejos de un desconocido que sin problemas le invita a su casa, podría ser un pervertido, quién sabe, al menos sigue vivo.
Son más de las dos del mediodía, y abe la puerta de la habitación con una mezcla entre curiosidad y temor. Todas las paredes están cubiertas de pósters, la monstruosa figura del hombre elefant, uno de un videojuego famoso pero que no ha probado, y hasta hay de varios grupos de metal atmosférico norirlandeses. Poco importan los detalles, y se encomienda a la bondad desinteresada de su anfitrión. El chirrido de lapuerta al abrirse le hace ser consciente de que no pasará desapercibido. Piso clásico de estudiante, pasillo oscuro, la habitación se encontraba al fondo, y recuerda que para llegar al salón, donde espera encontrar a Simón, solo debe seguir recto. No es difícil orientarse en ese piso de dos ocupado por uno solo. Mi compañero está sacando el carné de conducir, no vino esta semana, recuerda las palabras.
Las puertas cerradas no le inspiran la menor curiosidad, solo quiere llegar al salón, conocer cual será su siguiente paso. Por momentos se plantea la posibilidad de estar exagerando. Pero probablemente sea solo que quiere encontrar esperanzas donde no las hay. El Mesías es demasiado influyente,demasiado. Para él no es sencillo acercar los pensamientos a determinados temas, qué fácil habría resultado quedarse en casa, con su incapacidad absoluta para escribir, con su cubata de qhisky, ahora lo recuerda, estrellado contra un árbol, la botella, de sus padres, fuera del mueble-bar, las luces encendidas y la cama vacía, tarde o temprano tendrá que rendir cuentas...mejor cambiar de tema. A Baudelaire no le exigían explicaciones tras sus desmanes.
Se escuchan voces tras la puerta de caoba, no es más que una sensación, pero el nerviosismo le invade mientras gira el pomo, circular como hacía tiempo que no veía uno. Las voces se paran. Parece que el día es tenso para todos. Según Simón su compañero no aparecería, así que debía tratarse de otra persona, además, esa voz parece más adulta qu la de un estudiante, el tempo de las palabras más pausado. La puerta ya está abierta, y al fin contempla el cuadro completo. El salón, con la puerta de la calle abierta, al otro extremo, y su benefactor dando labienvenida a un hombre de panza abundante, a un hombre con bigote y que sonríe con extrañeza. Los dos le observan ahora. Simón cierra la puerta tras la espalda de su tío, o eso supone Gabriel.
-Así que este es el famoso Gabriel. Veo que tienes el aspecto que mi sobrino me describía, un león rodeado de plantas carnívoras. No me creo que hayas sido o seas escritor, pero si que tienes fuerza de carácter.
-Veo que Simón le ha informado en exceso. No soy más que lo que tiene delante, con palabras en papel o sin ellas, soy un joven condenado.
.Y yo soy el que con todas sus fuerzas tratará de ayudarte, si vuelves a tutearme te lanzaré a las plantas, pero si me tratas con confianza tal vez puedas sacar algo en limpio, para algo soy catedrático de literatura, vivo más fuera de la realidad que la mayoría de los profesores, y en cambio más dentro que cualquiera que no haya leído un verso de Góngora.
Ramiro, pues ese es el nombre del erudito, es consciente de la ignorancia plasmada en sus palabras, utilizando a Góngora como representante de realidades, y se complace al ver la mirada de acusación procedente de su interlocutor. Le explica el motivo de su desliz, y tras explicarle esa prueba de infancia, pasa a comunicarle que aunque se considere un pensador diferente, no le ayudará si no pone en conocimiento de sus padres su situación. Él es padre y sabe lo que es morir por la seguridad de un hijo. La mirada de Simón cuando su tío pronuncia esas palabras es significativa, y Gabriel, curioso, se abstiene de preguntar la causa.
Es, pues, el momento de llamar a sus padres para aquel que quería evitarlo a toda costa, el momento de tragar con lo desagradable para tratar de vislumbrar una luz al final del túnel, túnel oscuro, por otra parte. Comienza, pues, la odisea del mentiroso que afirma encontrarse en un viaje en Madrid, para solucionar un problema personal de una amiga que acaba de perder a su madre. La historia de la agresión al Mesías es plato de gusto para Ramiro, que con premura reflexiona, y se le ocurre pensar en alguien que podría sacar gran provecho de la personalidad impulsiva del guerrillero de los narcotraficantes.
lunes, 10 de enero de 2011
Capítulo 3: El gran teatro de la noche
Crítico, es crítico y lo sabe, ya ha visto demasiadas películas como para no serlo. Se siente como tal y le gusta, le agrada saberse crítico. El es Simón, ángel nocturno, vida anónima pero que debiera ser conocida. Admirador de un tal David que con lo onírico convierte sus filmes en un arte diferente. Conocedor de todos los detalles del cine moderno, pero no le gusta presumir. Un mundo interno vasto, lóbrego, cándido y perverso, de desmesurada rebeldía contra todo. Lo que es lo mismo, un mundo soberbio e inútil. Pero para qué joven de veinte años no es inútil el pensamiento pasional.
Está volviendo a casa, después de pasar or el dadaísta club de jazz. Le gusta ir solo, le gusta sentirse diferente por estar solo y disfrutar de la música, sentir la música con los ojos cerrados mientras se lleva la cerveza a los labios y la deja transitar por la garganta etílica. No es más ni menos que nadie, pero con ese ritual de excentricidad se siente a gusto. No es esto lo que importa ahora, lo que importa es que camina en solitario de noche. Observando lo que para él es el gran teatro de la noche, no tan agradable ni completo como una de sus bienamadas películas, pero si interesante. Lo suficiente como para convertir el camino de regreso a casa en algo entretenido.
Las faroles le parecen casi enviadas especiales para convertir las calles en avenidas, para convertir los paseos en desfiles militares, es por eso que se enorgullece de otra de sus extravagancias, caminar pasando cada farola por un lado, un zig zag que en cierto modo le convierte en uno de los actores principales de la obra en cada noche. Ese personaje que aparece como venido de ninguna parte e introduce un toque de encanto en los filmes que le gusta ver. El personaje admirable y desconocido.
Por eso está enfadado esta noche, porque es otro el que ocupa ese papel. Es otro el que trata de parecer más extravagante, más trascendental que él. Lo ve desde lejos, sus andares apresurados, nerviosos, dignos del personaje de una novela de Stephen King, como perseguido por un payaso de malicia sin límites. A medida que se acerca comienza a adivinar sus facciones, el pelo corto y negro, los ojos oscuros, la mirada perdida, el miedo en el rostro, los labios temblando, las manos ensangrentadas, un momento.
-Tienes las manos ensangrentadas!- inconsciente, la peor decisión si ves a alguien manchado de sangre, hacérselo notar.
De repente los ojos perdidos se encuentran en la noche, y mientras Gabriel oberva a Simón parece despreciarlo, lo desprecia por no conocer su sufrimiento, sus pesares. Para Simón eso es dramático, cómo puede despreciarlo! Ahora lo tiene claro, ese chico no es el personaje estravagante, es el protagonista, con su altanería, con su forma de comportarse cargada de ignorancia, como si no fuese consciente del papel que le toca desarrollar.
-No me había dado cuenta- se mofa, y es en ese momento cuando Simón se da cuenta de que no podrá sentir simpatía por ese chico, jamás.
-Me preocupo-replica-, deberías agradecerlo en un momento como este.
-Tienes curiosidad, eso no es lo mismo que preocuparse, quieres saber por qué tengo sangre en mis manos, morboso, hijo del cotilleo, y tal vez sea mejor para ti no saberlo- le tiembla la voz al hablar, a Gabriel, delatando así su miedo, dejando constancia de que no está sino mintiendo, de que su fuerte carácter no es sino una máscara de que está perdido y sin saber que hacer.
-Necesitas ayuda?
-Acabo de pegarle al Mesías.
La música para esa escena debería salir de Psicosis, de Hitchcock, y el guionista debería, probablemente, suicidarse, qué tópico, qué problema tan común y trivial, pegarle a chico más duro del pueblo. Hasta Clint Eastwood podría haber protagonizado una historia así antes de convertirse en un genio del cine dramático y consignificado.
-Necesitas esconderte, y yo vivo solo, sé quién podría ayudarte, mi tío, mañana te lo presentaré.
Gabriel se derrumba entonces, y con un deje de desesperación asiente y grita atemorizado que no quiere volver a su casa, no quiere guiar al Mesías hasta sus padres. Sin una simple nota, ahora debe vivir habiendo dado semejante susto a los que le regalaran la vida.
Para Simón, todo había girado ciento ochenta grados, y el gran teatro de la noche se convierte en el gran largometraje de su vida, qué ironía vivir en tercera persona lo que más emocionante podría hacer la vida en primera, peculiaridades de un ser humano que parece no darse cuenta de por qué camino transita hasta que ve a otra persona transitar por él.
Está volviendo a casa, después de pasar or el dadaísta club de jazz. Le gusta ir solo, le gusta sentirse diferente por estar solo y disfrutar de la música, sentir la música con los ojos cerrados mientras se lleva la cerveza a los labios y la deja transitar por la garganta etílica. No es más ni menos que nadie, pero con ese ritual de excentricidad se siente a gusto. No es esto lo que importa ahora, lo que importa es que camina en solitario de noche. Observando lo que para él es el gran teatro de la noche, no tan agradable ni completo como una de sus bienamadas películas, pero si interesante. Lo suficiente como para convertir el camino de regreso a casa en algo entretenido.
Las faroles le parecen casi enviadas especiales para convertir las calles en avenidas, para convertir los paseos en desfiles militares, es por eso que se enorgullece de otra de sus extravagancias, caminar pasando cada farola por un lado, un zig zag que en cierto modo le convierte en uno de los actores principales de la obra en cada noche. Ese personaje que aparece como venido de ninguna parte e introduce un toque de encanto en los filmes que le gusta ver. El personaje admirable y desconocido.
Por eso está enfadado esta noche, porque es otro el que ocupa ese papel. Es otro el que trata de parecer más extravagante, más trascendental que él. Lo ve desde lejos, sus andares apresurados, nerviosos, dignos del personaje de una novela de Stephen King, como perseguido por un payaso de malicia sin límites. A medida que se acerca comienza a adivinar sus facciones, el pelo corto y negro, los ojos oscuros, la mirada perdida, el miedo en el rostro, los labios temblando, las manos ensangrentadas, un momento.
-Tienes las manos ensangrentadas!- inconsciente, la peor decisión si ves a alguien manchado de sangre, hacérselo notar.
De repente los ojos perdidos se encuentran en la noche, y mientras Gabriel oberva a Simón parece despreciarlo, lo desprecia por no conocer su sufrimiento, sus pesares. Para Simón eso es dramático, cómo puede despreciarlo! Ahora lo tiene claro, ese chico no es el personaje estravagante, es el protagonista, con su altanería, con su forma de comportarse cargada de ignorancia, como si no fuese consciente del papel que le toca desarrollar.
-No me había dado cuenta- se mofa, y es en ese momento cuando Simón se da cuenta de que no podrá sentir simpatía por ese chico, jamás.
-Me preocupo-replica-, deberías agradecerlo en un momento como este.
-Tienes curiosidad, eso no es lo mismo que preocuparse, quieres saber por qué tengo sangre en mis manos, morboso, hijo del cotilleo, y tal vez sea mejor para ti no saberlo- le tiembla la voz al hablar, a Gabriel, delatando así su miedo, dejando constancia de que no está sino mintiendo, de que su fuerte carácter no es sino una máscara de que está perdido y sin saber que hacer.
-Necesitas ayuda?
-Acabo de pegarle al Mesías.
La música para esa escena debería salir de Psicosis, de Hitchcock, y el guionista debería, probablemente, suicidarse, qué tópico, qué problema tan común y trivial, pegarle a chico más duro del pueblo. Hasta Clint Eastwood podría haber protagonizado una historia así antes de convertirse en un genio del cine dramático y consignificado.
-Necesitas esconderte, y yo vivo solo, sé quién podría ayudarte, mi tío, mañana te lo presentaré.
Gabriel se derrumba entonces, y con un deje de desesperación asiente y grita atemorizado que no quiere volver a su casa, no quiere guiar al Mesías hasta sus padres. Sin una simple nota, ahora debe vivir habiendo dado semejante susto a los que le regalaran la vida.
Para Simón, todo había girado ciento ochenta grados, y el gran teatro de la noche se convierte en el gran largometraje de su vida, qué ironía vivir en tercera persona lo que más emocionante podría hacer la vida en primera, peculiaridades de un ser humano que parece no darse cuenta de por qué camino transita hasta que ve a otra persona transitar por él.
Capítulo 2: Alba
El alma en vilo, no está preparada esa parte de su ser para asimilar tanta belleza. Desde su desordenado lugar en la clase la observa con los ojos descompuestos en sollozos. No llora ni lo hará, pero la ipotencia que se adueña de él no es resistible por un común mortal. Por suerte par si mismo él no es un común mortal, es un miembro de esa clase de sufridores que representan los tímidos sin arreglo. Bastiá, como el genio soberbio que Michael Ende creara enre sus delirios fantasiosos.
Pero si en algo se asemeja al héroe de la más interminable historia jamás contada es en la impotencia del comienzo. En cambio sabe este Bastián que no es su sino convertirse en leyenda. Lo sabe porque no quiere serlo, demasiada responsabilidad, demasiado trato con la gente. En cambio, está cómodo con su silencioso pesar mientras observa a Alba. Su némesis, no por enemistad sino por heridas internas. Los órganos intactos en carne pero no en esencia. Le duele el corazón de amor incomprendido e ignorado, le duele el hígado de las noches de absenta solitaria para olvidar, los pulmones de todos los cigarros consumidos en la oscura frustración. Adulador por nadie desenmascarado.
De repente el profesor, desde su cátedra cargada de atemporalidades, le llama la atención. Sal de tu ensimismamiento, le dice. Estamos hablando de algo trascendental para vuestra formación, y si acaso eres digno de disfrutar del dulce verdor de las praderas de Stendhal, sal de tu sueño y vive el de Rojo y Negro. Leíste la obra, no es así? Sino lo hiciste habla sobre ella.
Rojo y negro, sin el negro en sus mejillas, cumple la mitad de la ecuación, y bajando la cabeza para no ser observado por los compañeros de facultad, se sume en el silencio de un asentimiento vergonzoso. Como para convencer al profesor de que le escucha, no se le ocurre otra cosa a Bastián que cntinuar con su creación poética, salida extrema para sus desamparos. Lo único que mantiene la cordura en la amargura.
Por desgracia para él, no consigue así distraer la atención, sino acapararla con más fuerzas, y el marmóreo pensar del profesor le lleva a pensar que es el chico un genio y no un sufridor. Ensimismado en su arte, y quiere conocerla. Levántate y tráeme eso que estás escribiendo, compartamos los pensamientos de los compañeros. Por suerte solo hay veinte personas en clase, no más, no es la literatura terreno para mayorías. No desea que nadie lea su obra, pero es demasiado opaco en emociones como para negar el gusto a su superior directo. Se levanta y se conduce por raíles inestables entre los demás colegas de martirio, con el rabillo del ojo puesto en los destellos dorados sobre la cabeza de Alba.
Tras un distante agradecimiento el profesor le pide que recite sus palabras, comprobando ya que se trata de una poesía, no adivinando cuán privado podía resultar llevar a cabo ese acto. Como no recibe respuesta, el panzudo y cuatroojos sabio se dispone a recitar el mismo las verbas de su discípulo, orgulloso de apreciar que la creación literaria continúa entre los jóvenes.
Dos decenas de ojos clavados en la tez ardiente de Bastián, y comienza el martirio.
Blanco es tu nombre,
como el Sol al cerrar los ojos
y solo apareces tú,
pensamientos de cobre
y el alma al rojo,
cómo decirte
cuan bella eres, mi astro,
si solo consigo sacar
de mí versos de alabastro.
Y merecerías platino
entre estos grises de cemento,
eres para mí un sueño,
el destino,
así que con mi amor extiendo este juramento,
te seré fiel en vida, en lo etéreo,
y mientras caigo entre llantos
veré esos hilos de oro
con corazón férreo,
derritiéndome entre los espantos,
espantos por no llegar a conocer
lo que se sentirá cuando con suavidad,
se alcanza a besar tu blanca tez.
Risas entre los oyentes, la mirada de Bastián debatiéndose entre el suelo y Alba, que, dándose cuenta de cómo la mira, baja la mirada de tabaco rubio, nerviosa. Las palabras del sabio Ramiro resuenan en la sala.
-Eres apasionado, amigo ensimismado. Me gusta, ese fervor pasional, esa forma de amar lo desconocido, tienes que liberarte, confesar a tu amor secreto lo que sabes, lo que ocurrirá si tus deseos más oscuros se cumplen, en eso consiste la literatura, hijo, consiste en tener el valor de reaccionar a lo que te ocurre, consiste, simplemente, en conseguir que nada se interponga en tu camino, y cuando eso ocurre, narrarlo. Pero nunca antes del fracaso. Me has conmovido, y por eso te libero de tu tortura, vuelve a tus pensamientos, pero para la próxima, atiéndeme, introdúcete en los grandes genios y aprende a enriquecer tus torpes palabras.
Con el gusto por la retórica del maestro se entretuvieron los alumnos, y con un rojo más oscuro que el de la sangre vuelve el chico a su asiento. Sintiéndose perseguido por las miradas de sus compañeros. No es consciente de que entre las risas y las burlas se puede percibir un deje de envidia. De desprecio por su estupidez y envidia por su sensibilidad. Idiota, reprimido, se sienta y vuelve a mirar las hojas en blanco que tiene ante él. Debería saber más de la vida, y en ese momento la clase toca a su fin, un día menos en una vida pesarosa. Se acabó y puede volver a su ático tranquilo y aislado.
No sabe que su profesor será también su mentor en un camino más allá, en compañía también de su antítesis, de aquel que unas pocas horas antes se encontraba en un parque golpeando al Mesías, golpeando a quien nunca debiera golpear, y firmando así una sentencia de muerte que esperaba poder eludir.
Pero si en algo se asemeja al héroe de la más interminable historia jamás contada es en la impotencia del comienzo. En cambio sabe este Bastián que no es su sino convertirse en leyenda. Lo sabe porque no quiere serlo, demasiada responsabilidad, demasiado trato con la gente. En cambio, está cómodo con su silencioso pesar mientras observa a Alba. Su némesis, no por enemistad sino por heridas internas. Los órganos intactos en carne pero no en esencia. Le duele el corazón de amor incomprendido e ignorado, le duele el hígado de las noches de absenta solitaria para olvidar, los pulmones de todos los cigarros consumidos en la oscura frustración. Adulador por nadie desenmascarado.
De repente el profesor, desde su cátedra cargada de atemporalidades, le llama la atención. Sal de tu ensimismamiento, le dice. Estamos hablando de algo trascendental para vuestra formación, y si acaso eres digno de disfrutar del dulce verdor de las praderas de Stendhal, sal de tu sueño y vive el de Rojo y Negro. Leíste la obra, no es así? Sino lo hiciste habla sobre ella.
Rojo y negro, sin el negro en sus mejillas, cumple la mitad de la ecuación, y bajando la cabeza para no ser observado por los compañeros de facultad, se sume en el silencio de un asentimiento vergonzoso. Como para convencer al profesor de que le escucha, no se le ocurre otra cosa a Bastián que cntinuar con su creación poética, salida extrema para sus desamparos. Lo único que mantiene la cordura en la amargura.
Por desgracia para él, no consigue así distraer la atención, sino acapararla con más fuerzas, y el marmóreo pensar del profesor le lleva a pensar que es el chico un genio y no un sufridor. Ensimismado en su arte, y quiere conocerla. Levántate y tráeme eso que estás escribiendo, compartamos los pensamientos de los compañeros. Por suerte solo hay veinte personas en clase, no más, no es la literatura terreno para mayorías. No desea que nadie lea su obra, pero es demasiado opaco en emociones como para negar el gusto a su superior directo. Se levanta y se conduce por raíles inestables entre los demás colegas de martirio, con el rabillo del ojo puesto en los destellos dorados sobre la cabeza de Alba.
Tras un distante agradecimiento el profesor le pide que recite sus palabras, comprobando ya que se trata de una poesía, no adivinando cuán privado podía resultar llevar a cabo ese acto. Como no recibe respuesta, el panzudo y cuatroojos sabio se dispone a recitar el mismo las verbas de su discípulo, orgulloso de apreciar que la creación literaria continúa entre los jóvenes.
Dos decenas de ojos clavados en la tez ardiente de Bastián, y comienza el martirio.
Blanco es tu nombre,
como el Sol al cerrar los ojos
y solo apareces tú,
pensamientos de cobre
y el alma al rojo,
cómo decirte
cuan bella eres, mi astro,
si solo consigo sacar
de mí versos de alabastro.
Y merecerías platino
entre estos grises de cemento,
eres para mí un sueño,
el destino,
así que con mi amor extiendo este juramento,
te seré fiel en vida, en lo etéreo,
y mientras caigo entre llantos
veré esos hilos de oro
con corazón férreo,
derritiéndome entre los espantos,
espantos por no llegar a conocer
lo que se sentirá cuando con suavidad,
se alcanza a besar tu blanca tez.
Risas entre los oyentes, la mirada de Bastián debatiéndose entre el suelo y Alba, que, dándose cuenta de cómo la mira, baja la mirada de tabaco rubio, nerviosa. Las palabras del sabio Ramiro resuenan en la sala.
-Eres apasionado, amigo ensimismado. Me gusta, ese fervor pasional, esa forma de amar lo desconocido, tienes que liberarte, confesar a tu amor secreto lo que sabes, lo que ocurrirá si tus deseos más oscuros se cumplen, en eso consiste la literatura, hijo, consiste en tener el valor de reaccionar a lo que te ocurre, consiste, simplemente, en conseguir que nada se interponga en tu camino, y cuando eso ocurre, narrarlo. Pero nunca antes del fracaso. Me has conmovido, y por eso te libero de tu tortura, vuelve a tus pensamientos, pero para la próxima, atiéndeme, introdúcete en los grandes genios y aprende a enriquecer tus torpes palabras.
Con el gusto por la retórica del maestro se entretuvieron los alumnos, y con un rojo más oscuro que el de la sangre vuelve el chico a su asiento. Sintiéndose perseguido por las miradas de sus compañeros. No es consciente de que entre las risas y las burlas se puede percibir un deje de envidia. De desprecio por su estupidez y envidia por su sensibilidad. Idiota, reprimido, se sienta y vuelve a mirar las hojas en blanco que tiene ante él. Debería saber más de la vida, y en ese momento la clase toca a su fin, un día menos en una vida pesarosa. Se acabó y puede volver a su ático tranquilo y aislado.
No sabe que su profesor será también su mentor en un camino más allá, en compañía también de su antítesis, de aquel que unas pocas horas antes se encontraba en un parque golpeando al Mesías, golpeando a quien nunca debiera golpear, y firmando así una sentencia de muerte que esperaba poder eludir.
martes, 4 de enero de 2011
Las civia crónica
Esto es un relato fuera de la historia del simpático Néstor.
Cuando el fuego de la chimenea comenzaba a apagarse supe poco a poco, me fui dando cuenta de que la cuenta atrás llegaba a su fin. Durante un par de horas llevaba aguantando las ganas de abalanzarme sobre ella y plagar su cuerpo de caricias, caricias con la pasión, la violencia suficiente para contentarla y no dañarla, con absoluta delicadeza en caso de ser necesario. Maldito sea el impulso que al ser humano domina por completo. Durante dos amargas y felicísimas horas llevo manteniendo con ella conversaciones de increíble interés, y apenas las recuerdo.
Me interesa lo que dice, me interesa de verdad, pero en el fondo, miro sus labios de miel y solo deseo besarlos, sentir centímetro a centímetro el roce de esa fracción de piel de extrema sensibilidad, tal vez mi mano bajo su camiseta, acariciándole la espalda, sentir un escalofrío de ella, derretirme por dentro yo...Y la chimenea se queda sin fuego, no hay más leña y cuando empiece a hacer frío ella propondrá que nos vayamos. No queda alternativa.
-En mi opinión, el auténtico valor de Sartre es el modo en que-sus palabras profundamente vacías para mí- despertando nuestra conmiseración consigue darnos un impulso vital que...
-Lo siento, no puedo seguir escuchándote, hay algo que antes debo hacer...
Después de la interrupción es ahora o nunca, y tras acariciar su frente paseo mi mano por sus cabellos de un tono castaño claro tan bonito que hace daño a la vista, la vista la paseo por la eternidad de sus pupilas, y es enconces cuando, mientras acerco mi mano a su mejilla y tiro de ella con tanta suavidad que tal vez ni se de cuenta, me acerco y planto mis labios en los suyos, primero con timidez, sin saber si escapará, y ante el contacto agradable de su piel, dándome cuenta de que no escapa, tiemblo de alegría y la estrecho en un abrazo de caricias. Mi mano vaga libre por su nuca, haciéndole cosquillas y desatando la actividad de sus nervios. Y la otra sigue en su mejilla, impidiéndole escapar de la placentera sensación de saberse cobijado.
Poco a poco es ella la que toma la iniciativa, agarrando mi mano y llevándola a la cintura, y es el momento de hacer lo que tanto me gusta, acariciar la parte baja de la espalda, sintiendo la columna vertebral junto a las yemas de mis dedos, notando cómo tiembla de puro placer ante las caricias de un pobre aficionado como yo. Qué mejor momento para abandonar sus labios y besar su cuello, ese cuello pálido que lleva horas torturándome. Lo beso con cuidado, paseo mis labios y mi lengua por él consiguiendo que se retuerza de gusto, y aún solo empieza...
Cuando el fuego de la chimenea comenzaba a apagarse supe poco a poco, me fui dando cuenta de que la cuenta atrás llegaba a su fin. Durante un par de horas llevaba aguantando las ganas de abalanzarme sobre ella y plagar su cuerpo de caricias, caricias con la pasión, la violencia suficiente para contentarla y no dañarla, con absoluta delicadeza en caso de ser necesario. Maldito sea el impulso que al ser humano domina por completo. Durante dos amargas y felicísimas horas llevo manteniendo con ella conversaciones de increíble interés, y apenas las recuerdo.
Me interesa lo que dice, me interesa de verdad, pero en el fondo, miro sus labios de miel y solo deseo besarlos, sentir centímetro a centímetro el roce de esa fracción de piel de extrema sensibilidad, tal vez mi mano bajo su camiseta, acariciándole la espalda, sentir un escalofrío de ella, derretirme por dentro yo...Y la chimenea se queda sin fuego, no hay más leña y cuando empiece a hacer frío ella propondrá que nos vayamos. No queda alternativa.
-En mi opinión, el auténtico valor de Sartre es el modo en que-sus palabras profundamente vacías para mí- despertando nuestra conmiseración consigue darnos un impulso vital que...
-Lo siento, no puedo seguir escuchándote, hay algo que antes debo hacer...
Después de la interrupción es ahora o nunca, y tras acariciar su frente paseo mi mano por sus cabellos de un tono castaño claro tan bonito que hace daño a la vista, la vista la paseo por la eternidad de sus pupilas, y es enconces cuando, mientras acerco mi mano a su mejilla y tiro de ella con tanta suavidad que tal vez ni se de cuenta, me acerco y planto mis labios en los suyos, primero con timidez, sin saber si escapará, y ante el contacto agradable de su piel, dándome cuenta de que no escapa, tiemblo de alegría y la estrecho en un abrazo de caricias. Mi mano vaga libre por su nuca, haciéndole cosquillas y desatando la actividad de sus nervios. Y la otra sigue en su mejilla, impidiéndole escapar de la placentera sensación de saberse cobijado.
Poco a poco es ella la que toma la iniciativa, agarrando mi mano y llevándola a la cintura, y es el momento de hacer lo que tanto me gusta, acariciar la parte baja de la espalda, sintiendo la columna vertebral junto a las yemas de mis dedos, notando cómo tiembla de puro placer ante las caricias de un pobre aficionado como yo. Qué mejor momento para abandonar sus labios y besar su cuello, ese cuello pálido que lleva horas torturándome. Lo beso con cuidado, paseo mis labios y mi lengua por él consiguiendo que se retuerza de gusto, y aún solo empieza...
Capítulo 1: Así podría empezar una historia
El sonido líquido del whisky deslizándose entre los hielos fue el preludio de sus primeras oraciones. No le estaba rezando a ningún señor, simplemente, estaba frente a la pantalla brillante, cegadora de su ordenador. Alrededor el silencio y la oscuridad de una casa en la que todos duermen. Nada mejor que eso para convertirse en quien deseaba ser, aunque solo fuese de forma ficticia. La visita de su hermano no le apartó de sus pensamientos, solo fue un impás que quebró el ritmo del tecleo. Parece que el tiempo transcurre de forma extraña, como un borrón en una vida vacía. Son solo sensaciones y lo sabe, las sensaciones del que cuando está en soledad se da cuenta de hacia dónde se dirije su vida y no está orgulloso de ello.
Enciende el cigarro que previamente había liado, tiene gusto por el tabaco de liar, ya que al ser más barato le permite matarse más rápidamente, siendo la cantidad lo importante. Un nuevo trago de whisky le inspira y le hace continuar con una labor que sabe perdida de antemano. Piensa en la chica de lejos con la que se comunica y que en cierto modo le recuerda lo que no es capaz de ser. Sus ojos castaños, lejanos, son como gotas de un líquido del que desea emborracharse visualmente, y en cambio, está convencido de que pronto lo olvidará. Esa excitación sobreactuada, casi teatral, que siempre muestra con las mujeres nuevas en su vida, triste esclavo del capricho.
Parece que el tónco revitalizante empieza a hacer eecto, y ahora no desea escribir, desea vvir, es a esta tarea a la que se encomienda. Decide que antes de salir de casa lo mejor sería ponerse algo encima de los calzoncillos que dejan ver todas sus piernas de vello y palidez. El camino por el angosto pasillo de su piso le lleva más tiempo del que debería, ya que el ritmo de aquel que no desea hacer ruido es siempre más lento. Pero consigue llegar a su habitación sin escuchar ningún murmullo procedente de la de sus padres; en el fondo es solo un joven mantenido que no sabe muy bien cómo convertirse en el protagonista de su insulsa historia vital.
Como si de una serpiente se tratase repta entre los vaqueros raídos que le acompañarán en la noche más importante de su vida, irá al encuentro de la vida nocturna, tal vez sea esta la que deba darle nuesvas perspectivas a su carrera como ser humano, quién sabe, tal vez incluso folle. Esas son las preocupaciones de un joven malcriado, casi imberbe y que quiere escribir la obra maestra de todos los tiempos, obra que ni existe ni existirá, pero a la que todos debemos siempre aspirar.
Vuelve a atravesar el pasillo de los silencios rotos, y lo rompe con el crujido de la madera bajo sus pies. No es gran cosa, pero consigue este suceso que detenga su marcha un instante, con cara de haber cometido un delito imperdonable, y continúa caminando, como si se tratara de una misión a vida o muerte. No deja una nota, espera llegar a tiempo de no ver levantarse a sus padres, y así no tendrá que crear ninguna preocupación en unos progenitores que no merecen tal hijo, un desheredado de la lógica.
Su objetivo no está muy claro, pero en cuanto pone el pie en la calle ya lo tiene decidido, les cuesta mucho a los de corta edad tomar decisiones trascendentales, de eso no hay duda. No es consciente siquiera de llevar el vaso de Ballantines en sus manos, qué más dará, las explicaciones no importan, y cuando sus padres noten la desaparición habrá ya un millón de explicaciones lógicas para la desgracia. En fin...sus pasos presurosos resuenan en las calles de una ciudad desierta, es lo malo de vivir en las afueras, pero como gusta de pasear y es una persona cargada de impaciencia, no le molesta caminar largo tiempo a paso apresurado.
Las farolas son para él como guías que le mantienen en la acera, tan obnubilado está su juicio que apenas se da cuenta cuando al cruzar la calle no pasa ningún coche, debiera extrañarle que nadie le pitase ni lanzase gritos airados por su imprudencia, pero no le importa, a quién le importaría, siendo adolescente y estando en esos momentos de crisis en que el mundo parece a punto de acabarse. Por suerte para él el Sol iluminará aún muchas veces la faz de una Tierra devastada y conquistada por una especie cuyo único interés es la supremacía sobre aquellos que también buscan la supremacía, búsqueda infructuosa y patética.
El objetivo tan buscado es, nada más y nada menos que la recurrencia arbolada de un parque, lugar de encuentro, lugar de drogadicción y, por supuesto, de sucesos fortuitos de esos que marcan vidas propias y ajenas. Lo cierto es que el alcohol y la frustración eran una combinación nefasta, en este y en cualquier mundo, y debió imaginar antes de salir de casa que la relajación debería ser su objetivo, y no la exhaltación de su ser. Pero no, lo que hizo fue comenzar a correr, un trote ligero con el que sentirse a gusto, liberar las energías de las que apenas disponía pero que le estaban amargando la existencia, y así se pone a correr el joven. Le llaman Néstor, ese es su nombre, y Néstor corre entre los árboles, sin ánimo de hacer ejercicio, sin ánimo de liberar tensiones, solo corre porque lo necesita, porque siente la tentación de golpear algo y correr es una solución perfecta para ese mal.
Un mal que pronto desemboca en peor. Corriendo como se encuentra entre los árboles, de pronto desemboca el antihéroe de esta historia en el peor lugar en que podría hacerlo, delante de un miembro de esa tribu urbana conocida por todos y con una actitud verdaderamente beligerante, por si fuera poco se encuentra este en presencia de su novia.La peor idea que se le podría ocurrir a nuestro protagonista sería...
Cuando pasa junto a ellos se queda analizando..."Menudos ojazos...verdes, grandes, intensos, no sé qué estará haciendo con este matao, pero desde luego estrá mejor conmigo, sobre todo con esas razones...debería pararme? o sería bronca asegurada? no sé...creo que me pararé..." Pero no hizo falta que él se parase, pues ya recibió un claro mensaje de su viril rival.Un hombro en medio del camino y casi se cae nuestro bienamado Néstor. Ya no queda alternativa, ahora debe quedarse a mantener una metafísica conversación con el individuo en cuestión.
-Ni se te ocurra seguir mirando así a mi novia.
-Miraré a quien quiera como quiera, para eso tengo ojos.
Para aquellos que con esta sarta de estupideces estén tentados de dejar de leer, les pido por favor que lo hagan, pues escribo sobre la estupidez humana, y aunque más tarde se cargará esta historia de contenidos más profundos, no dejarán de ser tonterías dignas de un homo erectus con complejo de literato.
Volviendo a la trama de este ridículo comienzo de historia, diré que a cualquiera le avergonzaría la reacción del joven defensor de su novia, pero ante la falta de respuesta a la clarividente dialéctica de su rival, solo se le ocurre una praxis, sltar un puñetazo directamente al estómago de Néstor, que con dificultades no vomita entre los jadeos de su anterior carrera. Con la mirada cargada de furia, resiste escupir sangre contra los árboles que le rodean, y en ese plácido lugar de visita de domingueros, responde con fuerza, con un directo a la nariz del defensor de inocentes novias florero.
No recibe el golpe como le gustaría el actual agredido, y pese a que está a punto de esquivarlo, media mandíbula siente el impacto y el dolor resulta insoportable. Una gota de sangre moja su labio, y sin tiempo a reaccionar, recibe un segundo golpe. La chica, incrédula y en actitud tácita, se queda simplemente observando cómo su pareja recibe un brutal puñetazo en la nariz, y cómo sus ojos se quedan en blanco y cae al suelo.
Enciende el cigarro que previamente había liado, tiene gusto por el tabaco de liar, ya que al ser más barato le permite matarse más rápidamente, siendo la cantidad lo importante. Un nuevo trago de whisky le inspira y le hace continuar con una labor que sabe perdida de antemano. Piensa en la chica de lejos con la que se comunica y que en cierto modo le recuerda lo que no es capaz de ser. Sus ojos castaños, lejanos, son como gotas de un líquido del que desea emborracharse visualmente, y en cambio, está convencido de que pronto lo olvidará. Esa excitación sobreactuada, casi teatral, que siempre muestra con las mujeres nuevas en su vida, triste esclavo del capricho.
Parece que el tónco revitalizante empieza a hacer eecto, y ahora no desea escribir, desea vvir, es a esta tarea a la que se encomienda. Decide que antes de salir de casa lo mejor sería ponerse algo encima de los calzoncillos que dejan ver todas sus piernas de vello y palidez. El camino por el angosto pasillo de su piso le lleva más tiempo del que debería, ya que el ritmo de aquel que no desea hacer ruido es siempre más lento. Pero consigue llegar a su habitación sin escuchar ningún murmullo procedente de la de sus padres; en el fondo es solo un joven mantenido que no sabe muy bien cómo convertirse en el protagonista de su insulsa historia vital.
Como si de una serpiente se tratase repta entre los vaqueros raídos que le acompañarán en la noche más importante de su vida, irá al encuentro de la vida nocturna, tal vez sea esta la que deba darle nuesvas perspectivas a su carrera como ser humano, quién sabe, tal vez incluso folle. Esas son las preocupaciones de un joven malcriado, casi imberbe y que quiere escribir la obra maestra de todos los tiempos, obra que ni existe ni existirá, pero a la que todos debemos siempre aspirar.
Vuelve a atravesar el pasillo de los silencios rotos, y lo rompe con el crujido de la madera bajo sus pies. No es gran cosa, pero consigue este suceso que detenga su marcha un instante, con cara de haber cometido un delito imperdonable, y continúa caminando, como si se tratara de una misión a vida o muerte. No deja una nota, espera llegar a tiempo de no ver levantarse a sus padres, y así no tendrá que crear ninguna preocupación en unos progenitores que no merecen tal hijo, un desheredado de la lógica.
Su objetivo no está muy claro, pero en cuanto pone el pie en la calle ya lo tiene decidido, les cuesta mucho a los de corta edad tomar decisiones trascendentales, de eso no hay duda. No es consciente siquiera de llevar el vaso de Ballantines en sus manos, qué más dará, las explicaciones no importan, y cuando sus padres noten la desaparición habrá ya un millón de explicaciones lógicas para la desgracia. En fin...sus pasos presurosos resuenan en las calles de una ciudad desierta, es lo malo de vivir en las afueras, pero como gusta de pasear y es una persona cargada de impaciencia, no le molesta caminar largo tiempo a paso apresurado.
Las farolas son para él como guías que le mantienen en la acera, tan obnubilado está su juicio que apenas se da cuenta cuando al cruzar la calle no pasa ningún coche, debiera extrañarle que nadie le pitase ni lanzase gritos airados por su imprudencia, pero no le importa, a quién le importaría, siendo adolescente y estando en esos momentos de crisis en que el mundo parece a punto de acabarse. Por suerte para él el Sol iluminará aún muchas veces la faz de una Tierra devastada y conquistada por una especie cuyo único interés es la supremacía sobre aquellos que también buscan la supremacía, búsqueda infructuosa y patética.
El objetivo tan buscado es, nada más y nada menos que la recurrencia arbolada de un parque, lugar de encuentro, lugar de drogadicción y, por supuesto, de sucesos fortuitos de esos que marcan vidas propias y ajenas. Lo cierto es que el alcohol y la frustración eran una combinación nefasta, en este y en cualquier mundo, y debió imaginar antes de salir de casa que la relajación debería ser su objetivo, y no la exhaltación de su ser. Pero no, lo que hizo fue comenzar a correr, un trote ligero con el que sentirse a gusto, liberar las energías de las que apenas disponía pero que le estaban amargando la existencia, y así se pone a correr el joven. Le llaman Néstor, ese es su nombre, y Néstor corre entre los árboles, sin ánimo de hacer ejercicio, sin ánimo de liberar tensiones, solo corre porque lo necesita, porque siente la tentación de golpear algo y correr es una solución perfecta para ese mal.
Un mal que pronto desemboca en peor. Corriendo como se encuentra entre los árboles, de pronto desemboca el antihéroe de esta historia en el peor lugar en que podría hacerlo, delante de un miembro de esa tribu urbana conocida por todos y con una actitud verdaderamente beligerante, por si fuera poco se encuentra este en presencia de su novia.La peor idea que se le podría ocurrir a nuestro protagonista sería...
Cuando pasa junto a ellos se queda analizando..."Menudos ojazos...verdes, grandes, intensos, no sé qué estará haciendo con este matao, pero desde luego estrá mejor conmigo, sobre todo con esas razones...debería pararme? o sería bronca asegurada? no sé...creo que me pararé..." Pero no hizo falta que él se parase, pues ya recibió un claro mensaje de su viril rival.Un hombro en medio del camino y casi se cae nuestro bienamado Néstor. Ya no queda alternativa, ahora debe quedarse a mantener una metafísica conversación con el individuo en cuestión.
-Ni se te ocurra seguir mirando así a mi novia.
-Miraré a quien quiera como quiera, para eso tengo ojos.
Para aquellos que con esta sarta de estupideces estén tentados de dejar de leer, les pido por favor que lo hagan, pues escribo sobre la estupidez humana, y aunque más tarde se cargará esta historia de contenidos más profundos, no dejarán de ser tonterías dignas de un homo erectus con complejo de literato.
Volviendo a la trama de este ridículo comienzo de historia, diré que a cualquiera le avergonzaría la reacción del joven defensor de su novia, pero ante la falta de respuesta a la clarividente dialéctica de su rival, solo se le ocurre una praxis, sltar un puñetazo directamente al estómago de Néstor, que con dificultades no vomita entre los jadeos de su anterior carrera. Con la mirada cargada de furia, resiste escupir sangre contra los árboles que le rodean, y en ese plácido lugar de visita de domingueros, responde con fuerza, con un directo a la nariz del defensor de inocentes novias florero.
No recibe el golpe como le gustaría el actual agredido, y pese a que está a punto de esquivarlo, media mandíbula siente el impacto y el dolor resulta insoportable. Una gota de sangre moja su labio, y sin tiempo a reaccionar, recibe un segundo golpe. La chica, incrédula y en actitud tácita, se queda simplemente observando cómo su pareja recibe un brutal puñetazo en la nariz, y cómo sus ojos se quedan en blanco y cae al suelo.
Qué haces, qué haces, son las palabras que se escuchan, la voz aguda de la rubia que corre desconsolada a ayudar a su novío, pero al. Ver el fuego en los ojos del asaltante se para. No puede evitarlo, ese halo magnético alrededor de la mirada del joven, un encanto msterioso y violento que no puede evitar apreciar. Está junto a aquel a quien finge amar con todas sus fuerzas, pero no es capaz de reprimir cierta atracción hacia el que lo acaba de apalear.
Por la mente de Néstor, en cambio, los pensamientos que fluyen son otros, acaba de darse cuenta de a quién le acaba de pegar. No es que sea un pensamiento especialmente agradable, pero si necesario, ya que aquel al. Que acaba de golpear no es otro que el maior traficante de la ciudad, Mesías, le llaman. No son buenas noticias, en absoluto, pero...quién sabe, ya que la pierna está metida en el barro hasta el fondo, tentará más la suerte. Y se acerca a la múchacha, indefensa, sin saber qué hacer, sumida en el dilema de atender o ser atendida. Es el joven el que toma la decisión por élla, y tras asirla fuertemente por los hombros y levantarla hasta su altura, la besa profundamente en los labios. Élla se deja vesar, anonadada, sabiendo que la situación en que se encuentran es peligrosa, y lo aparta de su lado.
-Vete, vete y no vuelvas, por Díos, cambia de aspecto, pero no dejes que te maten.
Esas palabras cobran fuerza en la mente de Néstor y convierten su corazón en el de un colibrí, ya se da cuenta de lo peligroso que ha sido pegar a un hombre peligroso, joven, estúpido, pero peligroso, y ahora no le queda otro remedio, vuelve a trotar, pero esta vez no trota por liberarse, trota por su vida, debe alejarse de los grandes ojos verdes y de la sangre, o será su líquido primordial el que corra entre los árboles del parque de domingueros.
Verbas
Verde de invierno y primavera, el valle colorido y cada vez más. No está en manos de nadie, solo es una amenaza aérea, el paso del tiempo. Ruta por el bosque, el camino de tierra, con briznas de hierba aquí y allá, alguna piedra, más piedras de distintos tamaños, algunas hay que saltarlas, y de repente te rascas con las silvas, se te enganchan en los pantalones vaqueros, una telaraña al frente, sujetas entre los helechos.
El camino es en zigzag, y en cada vuelta y revuelta hay una nueva sorpresa para ti. Otra piedra, esta es grande, pero consigues subir apoyándote con la mano izquierda, y cuando te pones de pie sobre ella, lo que se presenta ante tus ojos es de una belleza indescriptible, un conjunto de robles de tu estatura, al menos mientras te mantienes sobre la roca. Ese conjunto está unos metros por debajo de ti, tras una escarpada bajada con la roca.
Por suerte la naturaleza, en su sabiduría, dejó un camino para ti, dejó una cadena de rocas cada vez menos elevadas que como unas escaleras naturales te bajan sin complicaciones junto a las bases de los árboles. Los acaricias, los acaricias como si fuese el último tacto que fueses a sentir, y el rugoso espesor del robledal se mete en tus entrañas, es como una liberación de todo el cemento que llevas ya años guardando en el interior de tu cerebro.
Verde, color de esperanza, Goethe, escritor de desesperanzas, tienen algo en común y son tu desesperanza y lo esperanzador de lo que te rodea, pero no importa, has salido del mundo y en este momento todo lo que importa es seguir caminando, más allá de los robles se encuentra el viejo río, y en el viejo río, según te dijo, ella espera. Tu amiga, tu amor, tu ser, igual que tú lo eres para ella.
En efecto, está al otro lado del río, solo hay una forma de cruzarlo y es saltar entre rocas, lo bastante grandes como para apoyar el pie, pero no mucho más, con algún resbalón y la promesa de un futuro chapuzón entre los rápidos llegas al otro lado, y allí está la libreta, el bolígrafo, toda ella cargada de verbas tuyas, mías, del mundo.
El camino es en zigzag, y en cada vuelta y revuelta hay una nueva sorpresa para ti. Otra piedra, esta es grande, pero consigues subir apoyándote con la mano izquierda, y cuando te pones de pie sobre ella, lo que se presenta ante tus ojos es de una belleza indescriptible, un conjunto de robles de tu estatura, al menos mientras te mantienes sobre la roca. Ese conjunto está unos metros por debajo de ti, tras una escarpada bajada con la roca.
Por suerte la naturaleza, en su sabiduría, dejó un camino para ti, dejó una cadena de rocas cada vez menos elevadas que como unas escaleras naturales te bajan sin complicaciones junto a las bases de los árboles. Los acaricias, los acaricias como si fuese el último tacto que fueses a sentir, y el rugoso espesor del robledal se mete en tus entrañas, es como una liberación de todo el cemento que llevas ya años guardando en el interior de tu cerebro.
Verde, color de esperanza, Goethe, escritor de desesperanzas, tienen algo en común y son tu desesperanza y lo esperanzador de lo que te rodea, pero no importa, has salido del mundo y en este momento todo lo que importa es seguir caminando, más allá de los robles se encuentra el viejo río, y en el viejo río, según te dijo, ella espera. Tu amiga, tu amor, tu ser, igual que tú lo eres para ella.
En efecto, está al otro lado del río, solo hay una forma de cruzarlo y es saltar entre rocas, lo bastante grandes como para apoyar el pie, pero no mucho más, con algún resbalón y la promesa de un futuro chapuzón entre los rápidos llegas al otro lado, y allí está la libreta, el bolígrafo, toda ella cargada de verbas tuyas, mías, del mundo.
En el templo
Nunca había el asalariado visto un templo, una edificación, con tanta elegancia, inconcebible barroquismo que llevaba a cierto insano sentimiento. No puede abarcarlo todo con la vista, se siente como un niño ante su elipsis vital, apreciando cada uno de los detalles que le rodean y sin conseguir interpretarlos todos. El templo de su vida.
Ese lugar al que llega cuando cierra los ojos, el lugar en que se imagina cuando debe imaginarse en algún lugar. Cuado el psicoanalista le pide que cierre los ojos y hable, comienza la historia hablando de urnas crisoelefantinas sobre encimeras de mármol y oro, todo cargado de blanco y dorado. Las columnas con capiteles corintios, totalmente lisas en su base. Habla también del gravado del techo, un gravado como no existe uno en el mundo, ya quisiera Rafael haber hecho un trabajo tan elaborado con la Capilla Sixtina.
Imágenes de vida y muerte, a un lado la lluvia de fuego que al otro lado combate un mar claro como la mente más pura, a un lado jinetes cabalgando caballos blancos con miradas de hielo, al otro, caballos negros, nobles como su misma existencia. No es bueno lo blanco y malo lo negro, no para el loco que ocupa nuestras palabras. Para él todo es confuso, y de ahí su barroco templo de vida.
Cuando el psicoanalista le pide que se ubique se ubica allí, puede entrar en las imágenes y estar en el bosque nocturno del cuadro en el altar. Puede por el contrario verse metido en la jungla de asfalto de la estampa que regala el mendigo en la entrada. Porque, desde luego, hay mendigos en nuestros mundos internos, son los que no dejamos entrar, aquellos a los que bloqueamos con nuestra crueldad de humanos. Como Dark le cuenta a su psiconanalista, él no puede salir del templo desde hace mucho tiempo, desde que perdió a su prometida tiene seis mil millones de personas esperando a las puertas.
Ese lugar al que llega cuando cierra los ojos, el lugar en que se imagina cuando debe imaginarse en algún lugar. Cuado el psicoanalista le pide que cierre los ojos y hable, comienza la historia hablando de urnas crisoelefantinas sobre encimeras de mármol y oro, todo cargado de blanco y dorado. Las columnas con capiteles corintios, totalmente lisas en su base. Habla también del gravado del techo, un gravado como no existe uno en el mundo, ya quisiera Rafael haber hecho un trabajo tan elaborado con la Capilla Sixtina.
Imágenes de vida y muerte, a un lado la lluvia de fuego que al otro lado combate un mar claro como la mente más pura, a un lado jinetes cabalgando caballos blancos con miradas de hielo, al otro, caballos negros, nobles como su misma existencia. No es bueno lo blanco y malo lo negro, no para el loco que ocupa nuestras palabras. Para él todo es confuso, y de ahí su barroco templo de vida.
Cuando el psicoanalista le pide que se ubique se ubica allí, puede entrar en las imágenes y estar en el bosque nocturno del cuadro en el altar. Puede por el contrario verse metido en la jungla de asfalto de la estampa que regala el mendigo en la entrada. Porque, desde luego, hay mendigos en nuestros mundos internos, son los que no dejamos entrar, aquellos a los que bloqueamos con nuestra crueldad de humanos. Como Dark le cuenta a su psiconanalista, él no puede salir del templo desde hace mucho tiempo, desde que perdió a su prometida tiene seis mil millones de personas esperando a las puertas.
lunes, 3 de enero de 2011
Una de improvisación
Seis cuerdas, dos almas hechas una, las punzadas en los oídos con cada toque feroz entre los trastes, un agudo, grave, escalas de blues. Si fuese normal estaría dentro del tiempo, pero salgo y el público parece difuminado. La chica rubia con el cigarro humeante entre los labios, sus labios carnosos. Las gafas del hombre, los ojos ocultos y una sonrisa que denota su gusto por mi blues del cadaver andantino.
El blues es mucho más que cuerdas, son más mis compañeros, los acordes de batería, inexistentes según la ley, resonantes en el mundo real, notas procedentes de tiempos mejores, de cuando Miles nos conmovía con su música, pero ya no hay nada, solo las tardes tristes de Dadó Dada que quedan atrás más desprisa de lo que llegan. Tardes tristes es nuestro dominio.
Los cigarros llueven, mis ojos hacen llover con el humo del tabaco entre el iris y la pupila. Todo se vuelve rojo como el vestido de la rubia y de su cigarro humeante entre los labios carnosos. Obsesión absoluta con sus formas, con el misterio del hombre oculto tras una marca de gafas. Y Miles que sigue acogiendo mis razonamientos, más irracionales que otra cosa, la melancolía que surge de la música improvisada.
Pura emoción de blues, a través de las pirámides y sus tetraédricas formas, no, eran triángulares...qué más da si esos ojos azules me miran entre el humo, qué más da si ella comienza a aplaudir en cuanto termino mi solo, cada punzada en los oídos sale con la mayor pasión de mi guitarra. Los compañeros me miran raro, ellos no entienden por qué estoy hoy tan animado, pero ellos no ven lo que yo, ellos no han salido del curso del tiempo.
El blues es mucho más que cuerdas, son más mis compañeros, los acordes de batería, inexistentes según la ley, resonantes en el mundo real, notas procedentes de tiempos mejores, de cuando Miles nos conmovía con su música, pero ya no hay nada, solo las tardes tristes de Dadó Dada que quedan atrás más desprisa de lo que llegan. Tardes tristes es nuestro dominio.
Los cigarros llueven, mis ojos hacen llover con el humo del tabaco entre el iris y la pupila. Todo se vuelve rojo como el vestido de la rubia y de su cigarro humeante entre los labios carnosos. Obsesión absoluta con sus formas, con el misterio del hombre oculto tras una marca de gafas. Y Miles que sigue acogiendo mis razonamientos, más irracionales que otra cosa, la melancolía que surge de la música improvisada.
Pura emoción de blues, a través de las pirámides y sus tetraédricas formas, no, eran triángulares...qué más da si esos ojos azules me miran entre el humo, qué más da si ella comienza a aplaudir en cuanto termino mi solo, cada punzada en los oídos sale con la mayor pasión de mi guitarra. Los compañeros me miran raro, ellos no entienden por qué estoy hoy tan animado, pero ellos no ven lo que yo, ellos no han salido del curso del tiempo.
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